viernes, 18 de enero de 2019

El hombre que no tenía camisa

La camisa del hombre feliz

 

León Tolstoi

 

(1828-1910)

 

 

 


 

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

 

 

 

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar

que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo

el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y

otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de

mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron

tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto,

menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.

 

Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más

insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado

estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a

quien fuera capaz de curarle.

 

El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del

gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y

curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la

salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:

 

—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males,

Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa

es la cura a vuestra enfermedad.

 

Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra,

pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que

tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de

amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.

 

Sin embargo, una tarde, los soldados del zar pasaron junto a

una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado

junto a la lumbre de la chimenea:

 

—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de

hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?

 

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un

hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar

ordenó inmediatamente:

 


 

—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a

cambio lo que pida!

 

En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos

para celebrar la inminente recuperación del gobernante.

 

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los

emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas,

cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:

 

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la

vista mi padre!

 

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz

no tiene camisa.

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