sábado, 25 de junio de 2022

¿Podemos pensar sin usar el lenguaje?

 

¿Podemos pensar sin usar el lenguaje?

Autora: Joanna Thompson

 

Investigadores cuestionan el concepto tradicional de que necesitamos del lenguaje para razonar

 

 

Los seres humanos llevamos decenas (o quizá cientos) de miles de años expresando nuestros pensamientos con el lenguaje. Es un rasgo distintivo de nuestra especie, hasta el punto de que los científicos llegaron a especular que la capacidad del lenguaje era la diferencia clave entre nosotros y otros animales. Y llevamos preguntándonos por los pensamientos de los demás desde que podemos hablar de ellos.

 

“La pregunta del tipo 'un centavo por tus pensamientos' es, creo, tan antigua como la humanidad”, dijo a Live Science Russell Hurlburt, psicólogo investigador de la Universidad de Nevada, en Las Vegas, que estudia cómo las personas formulan sus pensamientos. Pero, ¿cómo estudian los científicos la relación entre el pensamiento y el lenguaje? ¿Y es posible pensar sin palabras?

 

La respuesta, sorprendentemente, parecería ser afirmativa, según cree haber descubierto Hulburt tras varias décadas de investigación. El investigador, por ejemplo, asegura haber demostrado que algunas personas no tienen un monólogo interior, es decir, que no hablan consigo mismas en su cabeza, según informó anteriormente Live Science. Y otras investigaciones muestran que las personas no utilizan las regiones lingüísticas de su cerebro cuando trabajan en problemas de lógica sin palabras.

 

Sin embargo, durante décadas los científicos pensaron que la respuesta era no, que el pensamiento inteligente estaba entrelazado con nuestra capacidad de formar frases.

 

“Una de las afirmaciones más destacadas es que el lenguaje surgió básicamente para permitirnos tener pensamientos más complejos”, explica a Live Science Evelina Fedorenko, neurocientífica e investigadora del Instituto McGovern del MIT. Esta idea fue defendida por lingüistas legendarios como Noam Chomsky y Jerry Fodor a mediados del siglo XX, pero ha empezado a caer en desgracia en los últimos años, según informa el artículo publicado en Scientific American.

 

Nuevas pruebas han llevado a los investigadores a reconsiderar sus antiguas suposiciones sobre cómo pensamos y qué papel desempeña el lenguaje en el proceso.

 

El “pensamiento no simbolizado” es un tipo de proceso cognitivo que se produce sin el uso de palabras. Hurlburt y un colega acuñaron el término en 2008 en la revista Consciousness and Cognition, después de llevar a cabo décadas de investigación para verificar que era un fenómeno real, dijo Hurlburt.

 

 

Estudiar el lenguaje y la cognición es notoriamente difícil, en parte porque es realmente difícil de describir. “La gente utiliza las mismas palabras para describir experiencias internas muy diferentes”, dijo Hurlburt. Por ejemplo, alguien puede utilizar palabras similares para relatar un pensamiento visual sobre un desfile de elefantes rosas que para describir su monólogo interior no visual, centrado en los elefantes rosas.

 

Otro problema es que puede ser difícil reconocer el pensamiento sin lenguaje en primer lugar. “La mayoría de la gente no sabe que tiene un pensamiento no simbolizado”, dice Hurlburt, “incluso las personas que lo practican con frecuencia”.

 

Y como las personas estamos tan atrapadas en nuestros propios pensamientos y no podemos acceder directamente a las mentes de los demás, puede ser tentador suponer que los procesos de pensamiento que ocurren dentro de nuestras propias cabezas son universales.

 

Sin embargo, algunos laboratorios, como el de Fedorenko, están desarrollando técnicas que estiman mejores para observar y medir la conexión entre el lenguaje y el pensamiento. Las tecnologías modernas, como la resonancia magnética funcional (IRMf) y la microscopía, permiten a los investigadores hacerse una idea bastante clara de qué partes del cerebro humano corresponden a las distintas funciones; por ejemplo, los científicos saben ahora que el cerebelo controla el equilibrio y la postura, mientras que el lóbulo occipital se encarga de la mayor parte del procesamiento visual. Y dentro de estos lóbulos más amplios, los neurocientíficos han sido capaces de aproximar y mapear regiones funcionales más específicas asociadas a cosas como la memoria a largo plazo, el razonamiento espacial y el habla.

 

La investigación de Fedorenko tiene en cuenta estos mapas cerebrales y añade un componente activo. “Si el lenguaje es fundamental para el razonamiento, entonces debería haber cierta superposición de recursos neuronales cuando uno se dedica a razonar”, ha hipotetizado. En otras palabras, si el lenguaje es esencial para el pensamiento, las regiones del cerebro asociadas al procesamiento del lenguaje deberían iluminarse cuando alguien utiliza la lógica para resolver un problema.

 

Para probar esta afirmación, ella y su equipo realizaron un estudio en el que dieron a los participantes un problema de lógica sin palabras para que lo resolvieran, como un sudoku o un poco de álgebra. A continuación, los investigadores escanearon los cerebros de estas personas mediante una máquina de IRMf mientras resolvían el rompecabezas. Los investigadores descubrieron que las regiones del cerebro de los participantes asociadas al lenguaje no se iluminaban mientras resolvían los problemas; en otras palabras, razonaban sin palabras.

 

Investigaciones como la de Fedorenko, Hurlburt y otros demuestran que el lenguaje no es esencial para la cognición humana, lo cual es un hallazgo especialmente importante para entender ciertas afecciones neurológicas, como la afasia. “Se puede quitar el sistema del lenguaje y gran parte del razonamiento puede continuar sin problemas”, dijo Fedorenko. Sin embargo, “eso no quiere decir que no sea más”.

sábado, 4 de junio de 2022

Una sugerencia de lectura.

 

Si no has leído Hasta donde termina el mar, de Alaizt Leceaga, es una sugestiva propuesta de lectura:

 

Una apasionante intriga sobre secretos familiares, venganza y el poder redentor del amor, ambientada en los dramáticos paisajes de la costa de Vizcaya, tierra de leyendas en la que aún se oye hablar de sirenas.

Detrás de cada tormenta desaparecen una y otra vez chicas jóvenes, y una corona de flores llega después de unos días a la playa.

Engancha desde la primera página.

 

jueves, 2 de junio de 2022

rendimiento académicos de estudiantes con discapacidad.

 

Los universitarios con discapacidad obtienen notas similares a las del resto, pese a que sus necesidades “se desatienden con frecuencia”

Temática: Solidaridad

Los universitarios con discapacidad obtienen resultados académicos similares a las del resto de estudiantes, pese a que el profesorado no siempre reconoce sus necesidades educativas especiales, “que con frecuencia se desatienden”, tal y como pone de manifiesto un estudio elaborado por Fundación ONCE y presentado en Madrid, el pasado 5 de mayo. Cuenta con el apoyo del Fondo Social Europeo. 

Titulado ‘El rendimiento académico de los estudiantes universitarios con discapacidad en España’el trabajo se dio a conocer en una jornada que contó con la presencia de Alejandro Albillo, director del Gabinete del secretario general de Universidades; Isabel Martínez Lozano, directora de Programas con Universidades y Promoción del Talento Joven de Fundación ONCE, Angela Alcalá, responsable del grupo de diversidad en CRUE Asuntos Estudiantiles, y Luis Cayo Pérez Bueno, presidente del CERMI.

Como indica su título, el estudio pretende medir el rendimiento de los estudiantes con discapacidad y compararlo con el del resto del alumnado de enseñanzas superiores para mejorar el conocimiento de las causas y factores que influyen en los resultados educativos de los universitarios con discapacidad. 

Según explicaron en la jornada Antonio Jiménez Lara, director del trabajo, y Agustín Huete, autor y profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca, para su elaboración, se han analizado los datos de rendimiento académico de estudiantes con discapacidad proporcionados por 21 universidades públicas, que agrupan al 48,4% del alumnado universitario matriculado en programas de grado, máster y doctorado el curso académico 2018-19 en el conjunto del sistema universitario español.

Además, se ha hecho una revisión bibliográfica internacional sobre el rendimiento académico de estos estudiantes que recoge las metodologías existentes para medir el aprovechamiento académico y analiza las barreras y aspectos facilitadores para mejorarlo.

En concreto, los datos dados por las 21 universidades públicas que han facilitado información se refieren a un total de 14.828 estudiantes con discapacidad matriculados en el curso 2018-2019.  De ellos, 13.144 cursaban estudios de grado; 1.281, de máster, y 403, estudios de doctorado. En total, todos suponían el 2,01% del alumnado de las universidades informantes.

Por niveles de estudios, la proporción de los alumnos con discapacidad en las universidades informantes es de 2,06% en programas de grado, 1,85% en estudios de máster y 1,30% en doctorados. En cuanto al género, el 52,1% de los estudiantes con discapacidad que componen la muestra son hombres y el 47,9% mujeres, si bien la proporción que suponen los chicos aumenta con el nivel de estudios.

Tasa de éxito

El trabajo distingue entre tasa de éxito (relación porcentual entre el número de créditos superados durante un curso académico y el número total de créditos presentados a examen en dicho curso), tasas de rendimiento (relación porcentual entre el número de créditos superados y el número de créditos en los que los estudiantes han estado matriculados) y tasas de evaluación (relación porcentual entre el número de créditos presentados a examen y el número de créditos matriculados).

Y en función de esta distinción, concluye que los universitarios con discapacidad matriculados tanto en estudios de grado como en máster durante el curso 2018-2019 obtienen resultados bastante cercanos a los de la población universitaria general en lo que se refiere a la tasa de éxito, pero no tanto a las de rendimiento y evaluación, donde sus puntuaciones son un poco más bajas.

Esto significa, según explicaron los autores, que una vez tomada la decisión de presentarse a evaluación de asignaturas, los resultados académicos obtenidos por el alumnado con discapacidad son equiparables a los de la población universitaria general. Así, si la tasa de éxito de los universitarios con discapacidad es de 81,2 en los estudios de grado, la de los alumnos sin discapacidad de los mismos programas se sitúa en 86,7. En el caso de los estudios de máster, la puntuación es de 97,1 y 98,1, respectivamente.

A este respecto, los autores del trabajo señalan que la flexibilización de los tiempos y las metodologías docentes parecen una estrategia clave, “en un contexto en que las universidades son muy poco flexibles con los planes de estudios, y el profesorado no siempre reconoce las necesidades educativas especiales, que con frecuencia se desatienden”.

Unido a esto, el estudio pide a las universidades que incluyan en sus estrategias de orientación y captación de alumnado acciones para promover el acceso de los estudiantes con discapacidad a la educación superior, ya que su presencia en este ámbito es todavía baja, y que cuenten con pruebas de acceso adaptadas a sus necesidades, además de un sistema de becas menos complejo.

Y si baja es la presencia de estudiantes con discapacidad en la universidad en general, baja lo es, sobre todo, en las aulas presenciales, donde los autores la consideran “claramente inferior a lo esperable”. Desde esta perspectiva, consideran que existe “un reto importante en el acceso de las personas con discapacidad a la formación en universidades presenciales, que debe ser enfrentado”.

Otro aspecto que arroja el documento es que la distribución por edad del alumnado universitario con discapacidad es muy diferente de la del conjunto de estudiantes matriculados en programas de grado y máster en las universidades públicas españolas. Su media de edad es considerablemente mayor, 31 años en grado y 37 en máster, frente a 22 y 28 años, respectivamente, para el conjunto de los estudiantes. También presenta, al igual que la de los estudiantes en general, diferencias según el sexo (con una estructura por edades algo más rejuvenecida en las mujeres) y la presencialidad de las universidades (con un alumnado bastante más envejecido en la UNED).

La mayor edad media de los estudiantes con discapacidad matriculados se debe, por una parte, a que han ingresado más tarde al sistema universitario (con una media de 24 años, cuando la edad promedio de ingreso a la universidad para el conjunto del estudiantado es de 20 años), y por otra a que invierten más tiempo que el conjunto de los estudiantes en completar sus titulaciones, pues una de las estrategias que siguen para adecuar la carga docente a sus necesidades específicas es la de prolongar la duración de sus estudios.

Pese al análisis que se hace en este trabajo, Fundación ONCE considera que para poder disponer de todos los indicadores relevantes sobre el rendimiento académico del alumnado universitario con discapacidad, “es indispensable que se incorpore a las estadísticas del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIU) la variable discapacidad”.

En la misma línea, la entidad aboga por incorporar además en el SIU información, codificada uniformemente, sobre el tipo y grado de discapacidad y, en la medida en que sea posible, sobre la atención recibida por los servicios de apoyo al alumnado con discapacidad. “De otro modo”, advierte, “resultará muy difícil disponer de diagnósticos que permitan analizar la situación de las personas con discapacidad ante la educación universitaria y disponer de evidencias que ayuden a la formulación y aplicación de políticas públicas eficaces dirigidas a mejorar la atención educativa al alumnado universitario con discapacidad y a hacer que las universidades españolas y sus planes de estudio sean más accesibles para el alumnado con discapacidad”.

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