martes, 20 de marzo de 2012

comentario recibido de Reme

Un blog sobre un taller de lectura se hace principalmente con la intención
de compartir con los visitantes los libros que vamos leyendo, intercambiar
opiniones sobre las obras y también recibir sugerencias de los libros leídos
por los visitantes. Por este motivo nos satisface la evolución que está
experimentando el nuestro desde los primeros meses de vida, en los que ya
podemos contar con varios centenares de visitas y estamos empezando a
contactar con personas aficionadas a la lectura de distintas partes del
mundo, lo que no hubiera sido posible o muy difícil si no nos hubiésemos
decidido a difundir la actividad de nuestro taller a través de Internet.
Reproducimos aquí el mensaje que hemos recibido de Reme por correo
electrónico, en el que nos dice que ha leído El río que nos lleva y nos
propone un nuevo título para que lo incorporemos a los libros pendientes de
lectura. Dice así:
"Hasta ahora no había leído nada de José Luís San Pedro El río que
nos lleva ha sido la primera obra y la verdad es que me a gustado bastante .
Tiene una forma de escribir diferente a lo que he leído hasta ahora .
La descripción de los personajes y del entorno hace que te sientas parte del
libro.
Me han recomendado que lea la sonrisa etrusca y ya lo he puesto en mi lista
pendiente de lectura .
Voy a recomendar El violinista de Mathausen que acabo de leer y me a gustado
muchísimo."

Agradecemos tu comentario, Reme, porque tus aportaciones enriquecen la
actividad del taller y nos abren nuevos caminos y nuevas posibilidades de
futuro.
Puedes, podéis, escribirme a: eutiquio@cabrerizo.es

miércoles, 14 de marzo de 2012

Nuestra tertulia sobre El río que nos lleva

El intercambio de opiniones se desarrolla con el interés y la amenidad que
viene siendo habitual en la dinámica del grupo. Empezamos con una primera
intervención de todos los asistentes, comentando los aspectos que cada uno
consideraba más sobresalientes y haciendo una valoración inicial de la obra.

A juicio de Maite el autor habla poco de los gancheros y cree que es una
pena porque la novela podría servir para hacer un homenaje a un oficio que
casi ninguno conocemos porque ha desaparecido.

Loli opina que tal vez el motivo por el que Sampedro no centra el argumento
de forma más directa en la actividad de los gancheros es porque la elección
del tema se debe al impacto que le causó a los trece años el encontrarse una
cuadrilla de hombres caminando por encima del agua, llamando su atención ver
el río lleno de maderos que bajaban, pero no por un conocimiento más cercano
de ese tipo de vida.

Algunos comentan que el ritmo de la trama les ha parecido lento en algunos
capítulos, y que podría considerarse una novela costumbrista en la que
refleja las tradiciones de los pueblos por los que pasan.

Para Isabel y Begoña la obra es una metáfora de la vida humana, motivo por
el que se titula El río que nos lleva en lugar de llamarse Los gancheros,
por poner un ejemplo.

Loli se refiere al capítulo de la convalecencia de Sannon en la casa de Don
Pedro, partidario de la vida natural y de la libertad de ideas. Cree que
resulta denso para el lector medio y que en algunos párrafos se alarga en
reflexiones y planteamientos casi filosóficos.

El personaje de Paula anima el debate especialmente movido por la simpatía
que despierta en todos, destacando en unos casos por su prudencia de
carácter, en otros por su habilidad para controlar situaciones difíciles.
Santiago quiere destacar los méritos del escritor, capaz de crear el
personaje con una personalidad tan extraordinaria que despierta la
admiración de los lectores.

La tertulia discurre de forma natural, como si fuera la corriente de un río,
aflorando muchas ideas sueltas imposibles de recoger todas.

Otras obras suyas que recomendamos para su lectura son La vieja sirena, Real
sitio, El amante lesbiano, Mar a fondo, y, de una forma muy especial, La
sonrisa etrusca, que leímos en las primeras etapas del taller y todavía
seguimos recordando con agrado.

miércoles, 7 de marzo de 2012

La fortuna de Matilda Turpin, de Álvaro Pombo

Álvaro Pombo es uno de los escritores santanderinos que pertenece a
la Academia de la Lengua y goza de un gran prestigio literario en el
panorama nacional.

Premio Herralde, Premio Nacional de la Crítica, Premio Nacional de
Narrativa, Premio Fastenrath, Premio Planeta...

En el mes de enero de este año 2012 le han concedido el Premio Nadal
por su novela El temblor del héroe y, aunque hace dos años leímos en el
taller de lectura el cielo raso, que había obtenido el Premio Fundación José
Manuel Lara, hemos querido tener un gesto de reconocimiento, a modo de
homenaje, seleccionando para su lectura este mes su novela La fortuna de
Matilda turpin, ganadora del Premio Planeta en el año 2006, obra que suscitó
importantes discrepancias entre sus muchos lectores.
Las opiniones divergentes en torno a la misma obra son, sin
duda, fuente de enriquecimiento cultural de cuantos participan y
participamos en tertulias literarias. Representa también una oportunidad
para contrastar nuestra impresión del libro con los demás que lo están
leyendo al mismo tiempo que nosotros.
Sólo tienes que mandarnos tu comentario para compartirlo con todos
del mismo modo que aquí iremos poniendo lo que opinen los otros para que lo
veamos todos.
En este mes de marzo anímate a leer La fortuna de Matilda Turpin, de
Álvaro Pombo.

martes, 6 de marzo de 2012

Comentario de la novela "El Río que nos lleva"

Esto es lo que dice nuestra compañera Brígida sobre el libro que hemos leído
en febrero:

Ambientada en la década de los cuarenta, un narrador en tercera persona, nos
cuenta la tragedia protagonizada por los gancheros, que conducen la maderada
a lo largo del cauce del río Tajo.
Son hombres desarraigados de la sociedad, huidos de la Justicia, y en
ocasiones, de sus propios fracasos. Cada uno arrastra una historia, una vida
rota, una melancolía.
Con maestría, con frases cortas, cargadas de contenido, el autor va
dibujando el ambiente en el que destacan tres personajes bien definidos:
El Americano, hombre enigmático, de grandes dotes de mando, que a pesar de
todo, siente la necesidad de hablar de su pasado. Es el capataz de la
cuadrilla de gancheros que conduce la maderada a lo largo del río Tajo.
El irlandés, un excombatiente de la guerra, que no puede olvidar los
horrores vividos, y no acepta los homenajes que el mundo rinde a los
vencedores. Desanimado y abatido, huyendo de esta barbarie, decide quedarse
un tiempo de reflexión en España. La casualidad le llevará a unirse a los
gancheros.
Paula, joven taciturna y valiente, que a diario, tiene que mantener a raya,
los lógicos impulsos viriles de los miembros de la cuadrilla, tanto tiempo
privados de sus desahogos.

Magistralmente dibujados los perfiles de los seres que se mueven en este
drama:
El cacique, dueño de vidas y haciendas: el Benigno.
El depravado y ajeno a todo escrúpulo: el Dámaso.
El hombre religioso: el Cuatro Dedos.
El mujeriego: el Seco.
El ingenuo: el Rubio, que aprenderá una lección de vida, cuando el Seco lo
disuade de pelear por la mujer del tabernero
El hombre pacífico que se interesa por la cultura: el Lucas
La mujer honesta: la Paula, que defenderá sus principios morales a cualquier
precio.
El clásico macho ibérico: el Antonio, que se siente dueño de la mujer, a la
que vigila constantemente.
El hombre íntegro, que abandona los oropeles para vivir acorde a su
vocación: el sacerdote de Sotabancos.
Las alcahuetas: Las hermanas del Benigno, dispuestas a sacar provecho de la
soledad de la muchacha, aun sabiendo el futuro que le espera.

El valor y la sabiduría, contenidos en la deforme figura del Chepa.
No olvida la pincelada de ternura con la presencia del "Galerilla"
El viejo hidalgo, las mañas de la ciega, las señoritas excursionistas, las
fiestas religiosas y profanas, descritas con detalle y autenticidad. Todo en
la obra, y sobre todo el trágico final, hace que no se olvide una vez leída.
Y hago notar, la amabilidad del autor, de leer los últimos párrafos para
nuestro colectivo

Brígida Rivas Ordóñez
Alicante, febrero de 2012.

jueves, 1 de marzo de 2012

Influencia de la fisiología en la producción literaria

La capacidad de crear en su sentido más estricto la inmensa mayoría de
los hombres se la atribuye exclusivamente al concepto que cada uno posee de
la divinidad, y en los casos en que algún individuo se considera liberado de
ligaciones religiosas, suele atribuírsela a la inspiración de las musas como
entes que sin ser semejantes a los dioses se encuentran a medio camino entre
la omnipotencia insoslayable y la grosería, que viene de grosor, de las
criaturas hechas de materia perceptibles a los sentidos de cuanto se mueve
sobre la corteza de la tierra. Es como si nos empeñásemos en buscar la
explicación más complicada a un problema que tal vez lo tenga dentro de
nuestro propio ámbito tridimensional y que con mucha probabilidad se
encuentre en los límites mismos de la constitución fisiológica de nuestro
cuerpo, y no tanto porque pongamos en duda, este no es el sitio ni el
momento, la existencia de un creador superior único ni siquiera el de las
musas de lindas trenzas, como diría Homero en sus insignes obras, sino
porque con independencia de este principio existencial, es muy posible que
la relevancia de las inquietudes creativas de quienes interactúan bajo la
bóveda de los cielos no alcance méritos suficientes a sus ojos para avenirse
a influir en sus engendros, que viene de engendrar, como Dios y las musas
mandan. Son infinitos los casos de autores que han sentido la necesidad de
exteriorizar su capacidad creativa después de sufrir una experiencia fuerte
en su vida, como un accidente grave, la pérdida de un ser querido o el
contacto personal con fenómenos impactantes. Sabemos que Edgar Allan Poe
escribió una buena parte de su magnífica obra en estado de embriaguez, que
Beetoven subrió el deterioro de su salud a causa del plomo que se agregaba
entonces al vino para mejorar su sabor, que El Greco, posiblemente fumara
jachís cuando se sentía más inspirado. Camilo José Cela cuenta que terminó
La familia de Pascual Duarte estando enfermo con casi cuarenta grados de
temperatura, creyendo que iba a morirse, con la intención doméstica de
dejarle acabado el libro a su mujer para que pudiera vivir publicándolo. De
Valle Inclán suele decirse que en alguna etapa de su vida escribía tumbado
en la cama porque no podía levantarse de debilidad a causa del hambre.
José Mas, de quien hemos puesto recientemente un interesantísimo artículo
sobre José Luis Sampedro, afirma que debe parte de su producción poética a
las arritmias cardíacas que le llevaron al quirófano hace unos años.
Podríamos decir, esto es cosecha mía, que Gabriel García Márquez debe El
coronel no tiene quien le escriba a un episodio gástrico agudo personal de
diarréicas consecuencias.
Si admitiéramos la mano directa de la divinidad en la creatividad humana,
no nos queda más remedio que aceptarlo también en los casos que citamos, y
no estamos seguros de que incluso los mas creyentes en todos los casos
estuviesen de acuerdo.

viernes, 24 de febrero de 2012

Una novela río

 

José Luis Sampedro se refiere a esta novela, El río que nos lleva, describiéndola como novela río, en el sentido en que se va desarrollando el argumento con la aparición fluida de nuevos personajes que dejan paso a los que ocupan su lugar para ser protagonistas sucesivos a medida que el discurrir de la trama les va poniendo en contacto con nuevos mundos y nuevas experiencias.   El libro, según lo que sabemos, empezó a hacerse en 1952 y tardaría nueve largos años en escribirse, lo que explica claramente la evolución que podemos observar en la psicología de algunos de los principales personajes, como El Americano o El Inglés, por poner sólo dos ejemplos.  El autor sitúa temporalmente la obra en los años que siguen a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con numerosas alusiones a sus consecuencias catastróficas, resaltando las tragedias humanas de la población más deprimida. Principalmente se refleja en la vida de los pueblos ribereños y en sus gentes, sojuzgados por la represión generalizada tras la guerra civil española con la omnipresencia de la Guardia Civil y la influencia de los curas de los pueblos y los caciques que imponían su autoridad.   Estamos, pues, ante una obra diseñada en sentido longitudinal, creada a partir de una tira de papel vegetal de unos quince centímetros de ancho y ocho metros de largo, sobre la que podemos ir reproduciendo capítulo a capítulo los escenarios que van constituyendo la novela y la transformación que experimentan los personajes a medida que van extendiéndose a lo largo del curso del río y los avatares que le salen al encuentro.   Una cuadrilla de gancheros conduce una partida de árboles talados en la serranía de Cuenca aprovechando la fuerza motriz de la corriente del Tajo hasta llegar a Aranjuez como fin del recorrido, pero mucho más que la peripecia concreta, El río que nos lleva es el símbolo de nuestra vida, que transcurre conforme a los hechos cotidianos que la conforman. El río que nos lleva es, en definitiva, el río de nuestras propias vidas, que en la obra termina en el paraíso idealizado por José Luis Sampedro en la ciudad de Aranjuez, pero que hubiera podido extenderse hasta Lisboa, completando la figura poética trazada por Jorge Manrique en las memorables coplas de resonancias trascendentales, donde nos recuerda que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar.
 Si el personaje de Sannon puede ser el alter ego de José Luis Sampedro, es posible que nuestro propio alter ego sean cada uno de los maderos que viven río abajo, se refrenan en las piedras y las presas, se tropiezan en las peñas de las orillas, se remansan y se desenfrenan. es posible que nosotros seamos los maderos que contemplamos entarimando la superficie del agua, y en ese caso es posible que los gancheros sean, con sus palos largos, sus ganchos y su oficio un símbolo mágico cuyo significado se nos revela en la fuerza inquebrantable de la dignidad del Homnbre, que llega en el último episodio a sus últimas consecuencias.

viernes, 17 de febrero de 2012

Preparación de el río que nos lleva

José Luis Sampedro recrea en su obra escribir es vivir algunas de las
múltiples anécdotas vividas con ocasión de preparar el río que nos lleva,
cuya lectura recomendamos entusiastamente:

Pasaron los años, crecí, escribí tres novelas y dos obras de teatro y llegó
el momento en que los gancheros reclamaron su sitio.
Escribir la novela me costó nueve años porque, aparte de las múltiples
ocupaciones de las que les he hablado, para documentarme me dediqué a
recorrerme esas tierras, a patearme la cuenca del río Tajo, el recorrido de
los gancheros. Para no cargar con todos los mapas, me hice uno basándome en
los mapas del Instituto Geográfico del 1/50.000. Pasé toda la cuenca del río
Tajo a una tira de papel vegetal de una anchura de unos quince centímetros.
La tira alargada medía unos ocho metros. Yo caminaba con mi mochila y en
ella mi mapa enroscado, me paraba en los pueblos, hablaba con la gente,
intentaba recoger testimonios. ¡Uy, si yo les contara anécdotas de esas
andanzas, quedarían estupefactos!
Imagínense lo que era la sierra de Molina, la serranía de Cuenca en los
cincuenta. No, no pueden. Aquello era otro planeta.
Un día caminando, al atardecer me encontré a un hombre sentado en la cuneta
del camino con una hogaza de pan partida por la mitad, apretada contra el
cuerpo, y una navaja de considerables dimensiones, con la que iba cortando
rebanadas de pan y se las comía. Me senté a su lado, le saludé y empecé la
conversación: «¿Qué, merendando?». «Ya ve usted, pan y navaja», fue la
respuesta. Tremenda, ¿no creen? A mí la austeridad, la dureza de esa vida me
pareció tan excesiva que, pensando en aquel hombre, quise titular mi novela
Pan y navaja. A don Manuel Aguilar, el editor, no le pareció bien, lo tildó
de tremendista, un adjetivo muy usado en aquella época y, como yo aún no
estaba en condiciones de llevarle la contraria a un editor, pues lo cambié
por El río que nos lleva que también es buen título, pero sigo pensando que
Pan y navaja era muy expresivo de la vida en esas tierras.
En otra ocasión llegué a un pueblecito muy pequeño al atardecer y pregunté
si había algún sitio donde hospedarme. Como yo iba andando, con mi
chambergo, mi mochila, observando y tomando notas, cuando llegaba a los
pueblos, la gente primero me miraba con recelo. Yo me apresuraba a
aclararles que no era ni de Hacienda ni de la Comisaría de Abastecimientos,
que eran los dos miedos de los campesinos frente a un extraño de la ciudad.
Entonces, llego a aquel pueblecito, entro en el bar, hago las aclaraciones
pertinentes antes de indagar por el hospedaje y los del bar me remiten al
estanco. La del estanco que, efectivamente, ofrecía habitación y desayuno a
la gente de paso, me enseña una habitación limpia, aseada, con su lavamanos
de tres patas y su jarra de agua. Todo muy bien, acepto quedarme, paso allí
la noche y a la mañana siguiente bajo a desayunar y pregunto dónde podía
hacer eso que se hace por las mañanas. Naturalmente, sabía que en el corral,
no es que yo esperase un suntuoso cuarto de baño, pero no sabía dónde estaba
el corral. La señora me señala una puerta y dice:
«Ahí, detrás de aquella puerta, está el corral y al lado de la puerta
encontrará usted el papel y el sable".
Me acerco, miro y, sí, veo unos trozos de Abe cortados y colgando de un
clavo en la pared, y, para mi estupor, tal y como acababa de oírle a la
señora, al lado había un inmenso sable curvo, oxidado y desenvainado que me
desconcertaba.
«Mire, señora, no me explique usted lo del papel, eso ya lo sé, pero
dígame, ¿qué hago yo con un sable?"
«No, no, cójalo usted -me replicó-, porque en el corral tenemos suelto un
cerdo que acomete."
De verdad, de verdad, no bromeo, que esto no lo inventa ningún escritor.
Créanme, cogí mi sable, unas hojas de papel y culminé la operación. Tuve
suerte, el cerdo se portó bien conmigo, estuvo muy tranquilo, se limitó a
gruñir, pero no hizo nada, no «acometió» (tomen nota de la expresión). Eso
sí, tuve que darles la razón en lo del sable porque, claro, no es que el
cerdo me fuese a devorar, pero si me pegaba un empujón y me tiraba sobre mi
propia obra, pues
¡menudo fastidio!
En otro episodio de mis andanzas por la cuenca del Tajo recibí una lección
de erotismo inimaginable. Entro en una tiendecilla a comprarme una lata de
atún y alguna cosilla para comer en el camino, le gasto unas cuantas bromas
a la joven que me está atendiendo, la muchacha ríe y, de pronto, se abre una
cortina en el fondo de la tienda y aparece una señora que no podía ser más
que la madre de quien me estaba despachando. Una señora cincuentona, entrada
en carnes, pero con una expresión muy juvenil, una tez muy viva, la piel muy
estirada con sus mejillas redondas, en fin, la salud personificada. Habría
estado oyendo mi conversación con su hija, le debí resultar simpático
porque sale y me dice:
«No compre usted este jamón, ése lo tengo sólo para la tienda, pase y va
usted a ver qué jamón tengo".
Paso, pues, a la trastienda, pruebo el jamón estupendo, el vinito,
charlamos un rato y ahora ¡fíjense bien en lo que les voy a contar! La
señora nunca había viajado en tren, le parecía vergonzoso, no entendía cómo
una mujer decente podía subirse a un tren y viajar en coche-cama. Me quedé
verdaderamente estupefacto e intenté explicarle:
«No, mire, señora, es verdad que hay vagones en los que se duerme, pero los
compartimientos están separados por sexos, salvo que sean matrimonio...». Y
entonces ella me miró con desdén y con un aire despectivo, como pensando qué
sabrá este doctrino de la vida, me interrumpe:
«¿Es que usted no se da cuenta de la poca vergüenza que tiene que tener una
mujer para desnudarse, aunque esté sola, dentro de una cosa que se mueve?".
¡Cuántas veces he reflexionado yo sobre eso! Una señora que se le alegran
las pajarillas sólo con pensar que se iba a desnudar dentro de una cosa que
se mueve. Eso es maravilloso. En un pueblo de la sierra, en el quinto pino
que uno piensa «esta gente no ha visto nada», y resulta que esa gente ha
visto todo lo que hay que ver porque ha visto la vida.
Otra vez me pasó lo siguiente: entré en una de esas casas de comidas rurales
en las que hay una mesa muy larga con un banco a cada lado de la mesa. Uno
entraba, se sentaba en el banco y le traían el plato servido con la cuchara
y el tenedor, pero sin cuchillo, porque se daba por supuesto que el cliente
llevaba el suyo, generalmente una navaja de punta curva que servía también
para cortar sarmientos. La Girodias era la marca que tenía todo el mundo; yo
también, como es natural. Ustedes ya habrán podido observar que soy un
chinche para llegar temprano; en aquella ocasión también fui el primero en
entrar. Me senté en el banco, pedí mi comida (aún recuerdo que fue sopa de
ajo, un pichón, una fruta, vino, pan por trece pesetas) y al rato entraron
dos hombres y se sentaron frente a mí. Nos saludamos y empezamos a hablar.
Ellos eran muy rústicos y aunque yo me esforcé por estar en el mismo tono,
la diferencia cultural y de vocabulario en una conversación animada y
prolongada se nota. Al cabo de un rato, uno de ellos se me queda mirando y
me dice:
«Oiga, usted por lo menos es maestro de escuela".
Para él, maestro de escuela era lo máximo en cuestión de sabiduría. Yo
entonces era encargado de una cátedra en la universidad de la capital, pero
como comprendía que el hombre había dicho lo más que él podía imaginar, pues
le dije que sí, que era maestro, y el hombre quedó tan contento y orgulloso
de su intuición.