sábado, 2 de abril de 2022

El poder del punto y de la coma en nuestra historia.

Lenguaje y verdad: el poder del punto y de la coma en nuestra historia.

Autora: Milena Heinrich.

 

 

Una coma, un signo de pregunta o un punto pueden cambiar por completo el sentido de una oración y por lo tanto nuestra comunicación: en esas marcas hay un largo pasado hasta convertirse en lo que son hoy, un sistema escueto pero decisivo de convenciones que aportan precisión, lírica y expresividad al lenguaje escrito, y que aún en su coherencia no están exentas de los cambios de comportamiento que motorizan usos y desusos, tal como sostiene el noruego Bård Borch Michalsen en el ensayo Cómo la puntuación cambió la historia.

 

 

 

A Bård Borch Michalsen ―académico especializado en lenguaje y cultura― le gusta jugar con las palabras, cambiar las letras, incorporar emoticones, desplazar marcas de puntuación. Sabe que un cambio de lugar o un signo altera el tono y transforma el significado de lo que se quiere decir porque en esos gestos está la diferencia: aclimatan la lectura e inclinan el tono y los tiempos del texto, e incluso guían la voz propia. Y por eso, atento a que es no es lo mismo la afirmación exclamativa "¡cómo la puntuación cambió la historia!" que la pregunta "¿cómo la puntuación cambió la historia?", su primer libro traducido al castellano por Christian Kupchik se titula así, un poco en el medio de ambos sentidos y se desliza en clave más procesual: "Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia".

 

¿Cómo pasamos de "escribirtodojunto" a "escribir todo junto"? El camino, como hilvana este libro, está plagado de ensayos, simultaneidades, búsquedas, avances tecnológicos y, también, de magia que escarba en las posibilidades del lenguaje para imprimirle muchos más colores. Michalsen define a la puntuación como una "de las cosas más espléndidas que produjo nuestra civilización". La presencia de estos signos facilitó la comunicación, le dio agilidad al lenguaje y la expandió a tal punto que hoy un "hola" con punto en un mensaje de WhatsApp no tiene la misma vitalidad que un signo de exclamación para decir "hola!", lo mismo escribir en mayúscula o imprenta.

 

En este trabajo publicado por Godot, el investigador narra un recorrido fascinante sobre los modos en que la puntuación fue ensayando marcas en dos mil años de historia y fue arcillando también un sistema coherente que otorgó mucha amplitud a los modos de decir en los distintos alfabetos, pero más amplitud tomó como fuerza motora del desarrollo de las sociedades. "Los signos de puntuación no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental", escribe el autor en las primeras páginas.

 

Como un gran estado del arte de la puntuación, que se trenza con la historia de la escritura, la tipografía o la impresión y los buenos o correctos usos de algunos signos, el ensayo también explora por ejemplo la forma en que la puntuación atraviesa el cuerpo. ¿Cómo es que de pronto actuamos como signos vivientes de exclamación, como se lee en el libro? La puntuación, como sistema dentro de la escritura, se funde con la materia y con la cabeza; nos guía como una voz interna y nos detiene con su condición externa. "Cuando hablamos no tenemos la puntuación, pero tenemos la voz y el lenguaje corporal! Y al revés: cuando escribimos, la puntuación expresa de algunas maneras el lenguaje corporal, la voz (y el silencio)!", dice Michalsen.

 

Un viaje de estudio

 

Esa historia lo llevó en un viaje de estudio que se remonta a la Antigüedad y a la clásica Alejandría, la gran capital intelectual de la época. Allí el autor encuentra al "héroe", Aristófanes de Bizancio, que legó aportes al sistema de puntuación en el idioma griego, de quien heredamos su cadencia y la coma. Desde luego, el lenguaje está atravesado por la historia y sus relaciones de poder, y el sistema que diseñó Aristófanes quedó en el olvido aunque la necesidad de separar espacios o poner acentos fue heredada al poco tiempo. Otro de los héroes que vendrían después, en el Renacimiento, sería Aldo Manuzio, veneciano, que como gran hombre influyente de su tiempo modernizó y habilitó una relación más amplia e individual con los libros, es decir, con el pensamiento, la escritura y la puntuación, en tiempos donde la imprenta como tecnología se agitaba pujante y prometedora.

 

Otro de los aspectos que destaca el autor noruego es que cuando se empezaron a publicar textos, gracias a la maquinaria de la imprenta, y se socializó su acceso, también se puso en jaque el monopolio de la interpretación. ¿Con la puntuación ocurrió algo similar, en tanto que su carácter civilizatorio lo dota también de un aspecto más democrático al poder incluir mayor cantidad de personas? Para Michalsen sí: "la puntuación posibilitó la escritura y la lectura para más personas". Sin embargo, que esta afirmación no simplifique las cosas porque, como refleja el autor, a la puntuación en tanto poderosa caja de expresión también la atraviesan relaciones de poder.

 

domingo, 30 de enero de 2022

Inventos creados por mujeres

Para celebrar el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia hemos preparado esta indispensable fotogalería. Sin ellas, el mundo no habría sido el mismo.

 

Cada 11 de febrero, desde que fuese proclamado en 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, se celebra en el mundo el Día Mundial de la Mujer y la Niña en la ciencia, con el objetivo de conseguir como meta una participación equitativa para las niñas y mujeres en los campos científicos, así como luchar por el fortalecimiento de la situación en sociedad de niñas y mujeres de todo el mundo.

Hoy hacemos un repaso por esas mujeres imprescindibles, sin las que nuestro mundo, tal y como lo conocemos, no habría sido igual.

Estamos seguros que conoces los nombres de los inventores masculinos más famosos cuyos inventos también transformaron nuestra realidad: Galileo Galilei, Leonardo da Vinci, Alexander Graham Bell, Thomas Alva Edison, Nikola Tesla, Louis Pasteur, Tim Berners-Lee, Steve Jobs...). Pero, ¿conoce las muchas mujeres cuyas ideas revolucionarias e innovadoras en ciencia y tecnología también mejoraron el mundo en el que vives?

Las mujeres inventoras no son reconocidas con tanta frecuencia como los hombres. Muchas sufrieron lo que se conoce como “Efecto Matilda”, una práctica muy habitual en el pasado en la que miles de científicas vieron cómo sus investigaciones, trabajos, estudios, descubrimientos, eran atribuidos a hombres a pesar de ser ellas las verdaderas descubridoras o inventoras.

 

Aún queda mucho camino por recorrer y esperemos que el caso de tantas científicas que cayeron en el olvido, como Nettie Stevens, conocida posteriormente como la descubridora del sistema XY de determinación del sexo (cuyos descubrimientos fueron atribuidos al genetista Thomas Hunt Morgan), Marthe Gautier, quien descubrió la anomalía cromosómica que provoca el síndrome de Down (y cuyo hito fue atribuido al pediatra y padre de la genética moderna Jerome Lejeune) o, quizá el caso más conocido, el de la química británica Rosalind Franklin, quien descubrió, entre otras cosas, la estructura del ADN (y cuyo reconocimiento en forma de Premio Nobel no recibió ella sino sus compañeros Francis Crick y James Watson), sea cosa del pasado en nuestro futuro.

La historia de la ciencia tiene muchos nombres masculinos, pero también femeninos. Hoy te hablamos de una gran cantidad de inventos obra de mujeres, de ayer y de hoy.

Inventos que no existirían si no fuera por mujeres

Son inventos extraordinarios que hoy no existirían si no fuera por ellas. ¿Cuántos conoces?

 

Dispositivo quirúrgico láser

Responsable: Patricia Bath, inventora y oftalmóloga contemporánea de Harlem, Nueva York (EE. UU.). Fue la primera doctora afroamericana en recibir una patente médica. En 1986, inventó la sonda Laserphaco Probe, que revolucionó el tratamiento de las cataratas. Este dispositivo médico mejoraba el uso del láser para eliminar las cataratas en los ojos, la causa más común de pérdida de visión en las personas mayores de 40 años y principal causa de ceguera en el mundo. También fue la primera mujer miembro del Instituto del ojo Jules Stein, primera mujer en dirigir un programa de posgrado en oftalmología, y primera mujer elegida empleada honoraria del Centro Médico UCLA. Escribió más de 100 artículos científicos.

Cable de fibra óptica

La física estadounidense Shirley Jackson es la creadora de una gran cantidad de inventos. Para empezar, esta licenciada por el Instituto de Tecnología de Massachusetts en 1973 fue la primera mujer afroamericana en obtener un doctorado en física nuclear en el MIT. Entre sus inventos, destacan sus experimentos con la física teórica que allanaron el camino para numerosos desarrollos en el espacio de las telecomunicaciones, incluido el teléfono de tonos, el fax portátil, el identificador de llamadas, la llamada en espera y el cable de fibra óptica.

VoiP

La mujer que creó la VoiP (voz sobre iP), la tecnología que nos permite comunicarnos a través de audio y vídeo a través de Internet es Marian Croak. Es la desarrolladora acreditada de la mayoría de las características del protocolo de voz sobre Internet que llevaron a su adopción casi universal. Esta mujer afroamericana tiene en su haber más de 125 patentes en tecnología VOIP, la misma tecnología empleada por compañías tan populares como Skype o Zoom.

Tipp-ex

Aún a día de hoy lo seguimos utilizando. El tipp-ex o papel líquido es invención de Bessie Nesmith Graham, una mecanógrafa y diseñadora industrial estadounidense quien trabajaba como secretaria cuando inventó este corrector líquido que no era sino una sustancia blanca que se secaba rápidamente al aplicarse sobre un folio de papel y que conseguía tapar las faltas de mecanografía. De hecho, lo ideó para uso personal pero finalmente creó su propia compañía, la Liquid Paper Corporation para comercializar el producto.

Bolsa de papel con fondo plano

La bolsa de papel con fondo plano es obra de la inventora estadounidense Margaret Knight, una creadora excepcionalmente prolífica a finales del siglo XIX. De hecho, la llamaban "la dama Edison" o "una mujer Edison" al compararla con el también inventor Thomas Alva Edison, con gran fama por parte del público. Knight ideó un dispositivo de seguridad para telares textiles. También se le otorgó su primera patente en 1871, con la que os presentamos a Knight como inventora, para una máquina que cortaba, doblaba y pegaba bolsas de papel de fondo plano, eliminando así la necesidad de que los trabajadores las ensamblaran lentamente a mano (mecanizó así todo el proceso de fabricación: corte, doblado y pegado) y muchas otras ideas más. En total registró 27 patentes a lo largo de su vida, por inventos que incluyen máquinas para fabricar zapatos, un "escudo de vestir" para proteger las prendas de las manchas de sudor, un motor rotativo y un motor de combustión interna.

Rayos X portátiles

Probablemente la inventora y científica más conocida de esta selección. Marie Curie es la protagonista, aparte de por descubrir la radioactividad junto a los elementos químicos polonio y radio, esta mujer que dedicó toda su vida a la ciencia, inventó el primer aparato de radiografías móvil. No era sino un coche equipado con una máquina de rayos X, una sala oscura para revelado y una dinamo que generaba toda la electricidad necesaria para que únicamente fuese necesario el motor del coche para que su invento funcionara sin problemas. Una creación que salvó miles de vidas de soldados durante la Primera Guerra Mundial y cambió la medicina. Marie Curie se convirtió en la primera mujer en ganar un Premio Nobel, aunque tuvo que compartir el honor con su esposo Pierre y otro científico llamado Henri Becquerel que estaba haciendo un trabajo similar sobre la radiactividad al mismo tiempo que los Curie. También sabemos que todos esos años trabajando con elementos radiactivos le pasaron factura y falleció en 1934 de anemia aplásica, una enfermedad relacionada con la exposición a la radiación.

Acuario

¿Quién inventó los acuarios? La naturalista francesa Jeanne Villepreux-Power, una apasionada de la biología marina, es la responsable de la creación de los acuarios como método para investigar el mundo marino. Gracias a los acuarios, los investigadores y curiosos podían estudiar la vida marina con mayor facilidad. Villepreux-Power creó el primer acuario de cristal para poder observar a los moluscos del género Nautilus en condiciones controladas, demostrando que fabricaba su propio caparazón y no lo tomaba prestado de otro organismo, como sostenía la opinión popular. Fue una mujer completamente autodidacta y, sin duda, una de las pioneras en la preservación de la naturaleza. Se convirtió en la primera mujer miembro de la Academia de Catania así como en más de una docena de academias científicas.

Máquina de hacer helado

A la inventora estadounidense Nancy Johnson le debemos la invención de la máquina de hacer helados, un dispositivo basado en un congelador de helado con manivela, que data de 1843. La máquina era una especie de batidora de helados con manivela que nació precisamente porque a Nancy le llevaba demasiado tiempo preparar helado (siempre a mano y de forma muy intensiva). Así que este invento redujo el proceso. Pronto su invento se hizo famoso y muchas tiendas ofrecían helado hecho con esta heladera, que revolucionó la fabricación de los helados.

Sistema de propulsión de hidracina

La ingeniera aeroespacial Yvonne Brill patento un sistema de propulsión con hidracina para mantener un satélite en una órbita geoestacionaria fija durante más tiempo y con una carga útil mayor que otros métodos anteriores. Fue en 1967. Así es, inventó el sistema de propulsión que evita que los satélites de comunicación se salgan de órbita. Inicialmente quería estudiar ingeniería, pero la universidad le negó la admisión porque no podían acomodar mujeres. Durante su vida, Brill contribuyó a los sistemas de propulsión de TIROS, el primer satélite meteorológico; Nova, una serie de diseños de cohetes que se utilizaron en misiones lunares estadounidenses; Explorer 32, el primer satélite de la atmósfera superior; y el Mars Observer, que en 1992 casi entró en la órbita de Marte antes de perder la comunicación con la Tierra.

Lenguaje COBOL

La reconocida matemática especialista informática estadounidense, Grace Hopper, es la precursora del lenguaje COBOL, un compilador importantísimo en el desarrollo de la informática moderna. Fue la primera programadora que utilizó el ordenador Mark I de Harvard, una máquina de cinco toneladas que ocupaba toda la habitación. Aparte de su labor informática, Hooper también es considerada toda una patriota; tanto es así, que un destructor de la marina estadounidense, lleva su nombre: el USS Hopper.

GPS

La matemática estadounidense Gladys West fue clave en la invención del sistema de navegación por satélite, GPS. Gracias a su trabajo, se desarrolló el sistema de posicionamiento global más conocido en todo el mundo y sin el que, anteriormente, muchos nos perdíamos por las carreteras. Después de una educación universitaria en la que los hombres la superaban en número, esta mujer afroamericana comenzó a trabajar en el Naval Surface Warfare Center. Sus datos, fruto del análisis de satélites y programación en un ordenador IBM para crear cálculos precisos de la forma de la Tierra, se convirtieron en la base del actual GPS.

Sistema de seguridad

El primer sistema de seguridad para el hogar fue inventado por una enfermera afroamericana. Se trata de Marie Van Brittan Brown, quien preocupada por las amenazas de seguridad en su hogar, ideó un sistema de alerta si individuos extraños se acercaban a su puerta y se pondría en contacto con las autoridades pertinentes lo antes posible. Su invención original consistió en mirillas, una cámara, monitores y un micrófono de dos vías. El broche final fue un botón de alarma que, cuando se presionaba, comunicaba inmediatamente con la policía. Su patente sentó las bases para el moderno sistema de televisión de circuito cerrado que se usa ampliamente para vigilancia, sistemas de seguridad para el hogar, dispositivos de alarma con botones, prevención de delitos y monitoreo del tráfico. Brown y su marido, que era electricista y que le ayudó a construir el dispositivo, recibieron la patente en 1969. La primera de su tipo.

Cristal no reflectante

Katherine Blodgett fue la primera mujer en doctorarse en física en la Universidad de Cambridge allá por 1926. En 1938 inventó el microfilm de estereato de bario, una película que permite convertir cualquier cristal en un cristal no reflectante, una invención empleada habitualmente en gafas, cámaras fotográficas, telescopios, lentes de proyectores, microscopios... Durante su trayectoria, registró 8 patentes en Estados Unidos y 2 en Canadá.

Sujetador

Una prenda que cambiaría la vida de las mujeres. El sostén o sujetador es obra de Caresse Crosby. ¿Cómo surgió la idea? Crosby, una joven que vivía en la ciudad de Nueva York estaba harta de los corsés voluminosos y restrictivos que tenían que emplear mujeres. Siempre inquieta, diseñó un "sostén sin espalda". Recibió la patente en 1914 y fundó la empresa Fashion Form Brassière Company con la intención de fabricar y vender su sostén aunque, finalmente vendió la patente a Warner Brothers Corset Company por apenas 1.500 dólares, que comenzó a vender sus sujetadores de forma masiva en todo el mundo.

 

Joan J. Torres Masip

Psicólogo

sábado, 1 de enero de 2022

SOBRE LA GESTACIÓN DE UN LIBRO.

Sobre la gestación de un libro.

autora: Isabel Allende.

 

 

 

Año Nuevo de 1981.

 

En agosto cumpliría 40 años y hasta entonces no había hecho nada realmente importante.

 

Cuarenta! Era el comienzo de la decrepitud y no me costaba mucho imaginarme sentada en una mecedora tejiendo calceta.

 

Cuando era una niña solitaria y rabiosa en la casa de mi abuelo, soñaba con proezas heroicas: sería una actriz famosa y en vez de comprarme pieles y joyas, daría todo mi dinero a un orfelinato; descubriría una vacuna contra los huesos quebrados, tapara con un dedo el hoyo del dique y salvaría otra aldea holandesa.

 

Quería ser Tom Sawyer, el Pirata Negro o Sandokán, y después Shakespeare e incorporar la tragedia a mi repertorio, quería ser esos personajes espléndidos que después de vivir exagerando, morían en el último acto.

 

La idea de convertirme en monja anónima se me ocurrió mucho más tarde.

 

En esa época me sentía diferente a mis hermanos y a otros niños, no lograba verme como los demás, me parecía que los objetos y las personas volvían transparentes y que las historias de los libros eran más ciertas que la realidad.

 

A veces me asaltaban ratos de lucidez aterradora y creía adivinar el futuro o el pasado, mucho antes de mi nacimiento, como si todos los coincidieran simultáneamente en el mismo espacio y de través de un ventanuco que se abría por una fracción de segundo y pasaba a otras dimensiones.

 

[.

 

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] A los cuarenta años ya era tarde para sorpresas, mi plazo se acortaba de prisa, lo único cierto eran la mala calidad de mi vida y el aburrimiento, pero la soberbia me impedía admitirlo.

 

De los chales con flecos, las faldas largas y las flores en el pelo nada quedaba, sin embargo solía sacarlas sigilosamente del fondo de una maleta para lucirlas por unos minutos frente al espejo.

 

Eran ideas razonables, de todos modos dentro de unos veinte o treinta años, una vez secas mis pasiones, cuando ya ni siquiera recordara el mal gusto del amor frustrado o del tedio, podría retirarme tranquila.

 

Ese plan razonable no alcanzó a durar más de una semana.

 

El 8 de enero llamaron por teléfono de Santiago anunciando que mi abuelo estaba muy enfermo y esa noticia anuló mis promesas de buen comportamiento y me lanzó en una dirección inesperada.

 

El Tata iba ya para los cien años, estaba convertido en un esqueleto de pájaro, semiinválido y triste, pero perfectamente lúcido.

 

Cuando terminó de leer la última letra de la Enciclopedia Británica y aprenderse de memoria el Diccionario de la Real Academia, y cuando perdió todo interés en las desgracias ajenas de las telenovelas, comprendió que era hora de morirse y quiso hacerlo con dignidad.

 

Se instaló en su sillón vestido con su gastado traje negro y el bastón entre las rodillas, invocando al fantasma de mi abuela para que lo ayudara en ese trance.

 

[.

 

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] Durante esos años nos habíamos mantenido en contacto mediante mis cartas tenaces y sus respuestas esporádicas.

 

Decidí escribirle por última vez para decirle que podía irse en paz porque yo jamás lo olvidaría y pensaba legar su memoria a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

 

Para probarlo empecé la carta con una anécdota de mi tía - abuela Rosa, su primera novia, una joven de belleza casi sobrenatural muerta en misteriosas circunstancias poco antes de casarse, envenenada por error o por maldad, cuya fotografía en suave color sepia estuvo siempre sobre el piano de la casa, sonriendo con su inalterable hermosura.

 

Años más tarde el Tata se casó con la hermana menor de Rosa, mi abuela.

 

Desde las primeras líneas otras voluntades se adueñaron de la carta conduciéndome lejos de la incierta historia de la familia para explorar el mundo seguro de la ficción.

 

En el viaje se me confundieron los motivos y se borraron los limites entre la verdad y la invención, los personajes cobraron vida y llegaron a ser más exigentes que mis propios hijos.

 

Con la cabeza en el limbo cumplía doble horario en el colegio, [.

 

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]mientras toda mi atención estaba volcada en una bolsa de lona donde cargaba las páginas que garrapateaba de noche.

 

Mi cuerpo cumplía sus funciones como autómata y mi mente estaba perdida en ese mundo que nacía palabra a palabra.

 

Llegaba a casa cuando comenzaba a oscurecer, cenaba con la familia, me daba una ducha y luego me sentaba en la cocina o en el comedor frente a una pequeña máquina portátil, hasta que la fatiga me obligaba a partir a la cama.

 

Escribía sin esfuerzo alguno, sin pensar, porque mi abuela clarividente me dictaba.

 

A las seis de la madrugada debía levantarme para ir al trabajo, pero esas pocas horas de sueño eran suficientes; andaba en trance, me sobraba energía, como si llevara una lámpara encendida por dentro.

 

La familia oía el golpeteo de las teclas y me veía perdida en las nubes, pero nadie hizo preguntas, tal vez adivinaron que yo no tenía respuesta, en verdad no sabía con certeza qué estaba haciendo, porque la intención de enviar una carta a mi abuelo se desdibujó rápidamente y no admití que me había lanzado en una novela, esa idea me parecía petulante.

 

Llevaba más de veinte años en la periferia de la literatura -periodismo, cuentos, teatro, guiones de televisión y centenares de cartas- sin atreverme a confesar mi verdadera vocación; necesitaría publicar tres novelas en varios idiomas antes de poner "escritora" como oficio al llenar un formulario.

 

Cargaba mis papeles para todas partes por temor a que se extraviaran o se incendiara la casa; esa pila de hojas amarradas con una cinta era para mí como un hijo recién nacido.

 

Un día, cuando la bolsa se había puesto muy pesada, conté quinientas páginas, tan corregidas y vueltas a corregir con un liquido blanco, que algunas habían adquirido la consistencia del cartón, otras estaban manchadas de sopa o tenían añadidos pegados con adhesivo, que se desplegaban como mapas, bendita computadora, que hoy me permite corregir siempre en limpio.

 

No tenía a quién mandar esa extensa carta, mi abuelo ya no estaba en este mundo.

 

Cuando recibimos la noticia de su muerte sentí una especie de alegría, eso era lo que él deseaba desde hacía años, y seguí escribiendo con más confianza, porque ese viejo espléndido se había encontrado por fin con la Memé y los dos leían por encima de mi hombro.

 

Los comentarios fantásticos de mi abuela y la risa socarrona del Tata me acompañaron cada noche.

 

El epílogo fue lo más difícil, lo escribí muchas veces sin dar con el tono, me quedaba sentimental, o bien como un sermón o un panfleto político, sabía qué quería contar, pero no sabía cómo expresarlo, hasta que una vez más los fantasmas vinieron en mi ayuda.

 

Una noche soñé que mi abuelo yacía de espalda en su cama, con los ojos cerrados, tal como estaba esa madrugada de mi infancia cuando entré a su cuarto a robar el espejo de plata.

 

En el sueño yo levantaba la sábana, lo veía vestido de luto, con corbata y zapatos, y comprendía que estaba muerto, entonces me sentaba a su lado entre los muebles negros de su pieza a leerle el libro que acababa de escribir, y a medida que mi voz narraba la historia los muebles se convertían en madera clara, la cama se llenaba de velos azules y entraba el sol por la ventana.

 

Desperté sobresaltada, a las tres de la madrugada, con la solución: Alba, la nieta, escribe la historia de la familia junto al cadáver de su abuelo, Esteban Trueba, mientras aguarda la mañana para enterrarlo.

 

Fui a la cocina, me senté ante la máquina y en menos de dos horas escribí sin vacilar las diez páginas del epílogo.

 

Dicen que nunca se termina un libro, que simplemente el autor se da por vencido; en este caso mis abuelos, molestos tal vez al ver sus memorias tan traicionadas, me obligaron a poner la palabra fin.

 

Había escrito mi primer libro.

 

No sabía que esas páginas me cambiarían la vida, pero sentí que había terminado un largo tiempo de parálisis y mudez.

 

Até la pila de hojas con la misma cinta que había usado durante un año y se la pasé tímidamente a mi madre, quien volvió a los pocos días preguntando, con expresión de horror, cómo me atrevía a revelar secretos familiares y a describir a mi padre como un degenerado, dándole además su propio apellido.

 

En esas páginas yo había introducido a un conde francés con un nombre escogido al azar: Bilbaire.

 

Supongo que lo oí alguna vez, lo guardé, en un comportamiento olvidado y al crear al personaje lo llamé así sin la menor conciencia de haber utilizado el apellido materno de mi progenitor.

 

Con la reacción de mi madre renacieron algunas sospechas sobre mi padre que atormentaron mi niñez.

 

Para complacerla decidí cambiar el apellido y después de mucho buscar encontré una palabra francesa con una letra menos, para que cupiera con holgura en el mismo espacio, pude borrar Bilbaire con corrector en el original y escribir encima Satigny, tarea que me tomó varios días revisando página por página, metiendo cada hoja en el rodillo de la máquina portátil y consolándome de ese trabajo artesanal con la idea de que Cervantes escribió El Quijote con una pluma de pájaro, a la luz de una vela, en prisión y con la única mano que le quedaba.

 

A partir de ese cambio mi madre entró con entusiasmo en el juego de la ficción, participó en la elección del título La casa de los espíritus y aportó ideas estupendas, incluso algunas para ese conde controversial.

 

A ella, que tiene una imaginación morbosa, se le ocurrió que entre las fotografías escabrosas que coleccionaba ese personaje había una llama embalsamada cabalgando sobre una mucama coja.

 

Desde entonces mi madre es mi editora y la única persona que corrige mis libros, porque alguien con capacidad de crear algo tan retorcido merece toda mi confianza.

 

También fue ella quien insistió en publicarlo, se puso en contacto con editores argentinos, chilenos y venezolanos, mandó cartas a diestra y siniestra y no perdió la esperanza, a pesar de que nadie se dio la molestia de leer el manuscrito o de contestarnos.

 

Un día conseguimos el nombre de una persona que podía ayudarnos en España.

 

Yo no sabía que existieran agentes literarios, la verdad es que, como la mayor parte de los seres normales, tampoco había leído critica y no sospechaba que los libros se analizan en universidades con la misma seriedad con que se estudian los astros en el firmamento.

 

De haberlo sabido, no me habría atrevido a publicar ese montón de páginas manchadas de sopa y corrector liquido, que el correo se encargó de colocar sobre el escritorio de Carmen Balcells en Barcelona.

 

Esa catalana magnífica, madraza de casi todos los grandes escritores latinoamericanos de las últimas tres décadas, se dio el trabajo de leer mi libro y a las pocas semanas me llamó para anunciarme que estaba dispuesta a ser mi agente y advertirme que si bien mi novela no estaba mal, eso no significaba nada, cualquiera puede acertar con un primer libro, sólo el segundo probaría que yo era una escritora.

 

Seis meses más tarde fui invitada a España para la publicación de la novela.

 

El día antes de partir mi madre ofreció a la familia una cena para celebrar el acontecimiento.

 

A la hora de los postres el tío Ramón me entregó un paquete y al abrirlo apareció ante mis ojos maravillados el primer ejemplar recién salido de las máquinas, que consiguió con malabarismos de viejo negociante, suplicando a los editores, movilizando a los Embajadores de dos continentes y utilizando la valija diplomática para que me llegara a tiempo.

 

Es imposible describir la emoción de ese momento, basta decir que nunca más he vuelto a sentirla con otros libros, con traducciones a idiomas que creía ya muertos, o con las adaptaciones al cine o al teatro, ese ejemplar de La casa de los espíritus con una franja rosada y una mujer con pelo verde tocó mi corazón profundamente.

 

[.

 

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] Aún recuerdo la pregunta inicial en la entrevista que me hizo el más renombrado crítico literario del momento: ¿Puede explicar la estructura cíclica de su novela ? Debo haberlo mirado con expresión bovina porque no sabía de qué diablos me hablaba, creía que sólo los edificios tienen estructura y lo único cíclico de mi repertorio eran la luna y la menstruación.

 

Poco después los mejores editores europeos, desde Finlandia hasta Grecia, compraron la traducción y así se disparó el libro en una carrera meteórica.

 

Se había producido uno de esos raros milagros que todo autor sueña, pero yo no alcancé a darme cuenta del éxito escandaloso hasta año y medio más tarde, cuando ya estaba a punto de terminar una segunda novela nada más que para probar a Carmen Balcells mi condición de escritora.

 

[.

 

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] En ese tiempo sin amor encontré evasión en la escritura.

 

Mientras en Europa mi primera novela se abría camino, yo seguía escribiendo de noche en la cocina de nuestra casa en Caracas, pero me había modernizado, ahora lo hacía en una máquina eléctrica.

 

Comencé De amor y de sombra el 8 de enero de 1983 porque ese día me había traído suerte con La casa de los espíritus, iniciando así una tradición que todavía mantengo y no me atrevo a cambiar, siempre escribo la primera línea de mis libros en esa fecha.

 

Ese día trato de estar sola y en silencio por largas horas, necesito mucho tiempo para sacarme de la cabeza el ruido de la calle y limpiar mi memoria del desorden de la vida.

 

Enciendo velas para llamar a las musas y a los espíritus protectores, coloco flores sobre mi escritorio para espantar el tedio y las obras completas de Pablo Neruda bajo la computadora con la esperanza de que me inspiren por ósmosis; si estas m quinas se infectan de virus no hay razón para que no las refresque un soplo poético.

 

Mediante una ceremonia secreta dispongo la mente y el alma para recibir la primera frase en trance, así se entreabre una puerta que me permite atisbar al otro lado y percibir los borrosos contornos de la historia que espera por mí.

 

En los meses siguientes cruzaré el umbral para explorar esos espacios y poco a poco, si tengo suerte, los personajes cobrarán vida, se harán cada vez más precisos y reales, y se me irá revelando el cuento.

 

Ignoro cómo y por qué, escribo, mis libros no nacen en la mente, se gestan en el vientre, son criaturas caprichosas con vida propia, siempre dispuestas a traicionarme.

 

No decido el tema, el tema me escoge a mí, mi labor consiste simplemente en dedicarle suficiente tiempo, soledad y disciplina para que se escriba solo.

 

Así sucedió con mi segunda novela.

 

En 1978 fueron descubiertos en Chile, en la localidad de Lonquén a pocos kilómetros de Santiago, los cuerpos de quince campesinos asesinados por la dictadura y ocultos en unos hornos de cal abandonados.

 

La Iglesia Católica denunció el hallazgo y estallo el escándalo antes que las autoridades pudieran acallarlo, era la primera vez que aparecían los restos de algunos desaparecidos y el dedo tembleque de la justicia chilena no tuvo más remedio que señalar a las Fuerzas Armadas.

 

Varios carabineros fueron acusados, llevados a juicio, condenados.

 

[.

 

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] Guardé esas historias conmigo por nueve años, al fondo de un cajón, anotadas en una hoja de papel, hasta que me sirvieron en De amor y de sombra.

 

Algunos críticos consideraron ese libro sentimental y demasiado político; para mí está lleno de magia porque me reveló los extraños poderes de la ficción.

 

En el lento y silencioso proceso de la escritura entro en un estado de lucidez, en el cual a veces puedo descorrer algunos velos y ver lo invisible, tal como hacía mi abuela con su mesa de tres patas.

 

No es el caso mencionar todas las premoniciones y coincidencias que se dieron en esas páginas, basta una.

 

Si bien disponía de abundante información, tenía grandes lagunas en la historia porque buena parte de los juicios militares quedó en secreto y lo que se publicó estaba desfigurado por la censura.

 

Además me encontraba muy lejos y no podía ir a Chile a interrogar a las personas implicadas, como hubiera hecho en otras circunstancias.

 

Mis años de periodismo me han enseñado que en esas entrevistas personales se obtienen las claves, los motivos y las emociones de la historia, ninguna investigación de biblioteca puede reemplazar los datos de primera mano conseguidos en una conversación cara a cara.

 

Escribí la novela en esas calientes noches de Caracas con el material de mi carpeta de recortes, un par de libros, algunas grabaciones de Amnistía Internacional y las voces infatigables de las mujeres de los desaparecidos, que atravesaron distancias y tiempos para venir en mi ayuda.

 

Así y todo, debí recurrir a la imaginación para llenar las lagunas.

 

Al leer el original mi madre objetó una parte que le pareció absolutamente improbable: los protagonistas van de noche en una motocicleta durante el toque de queda a una mina cerrada por los militares, cruzan el cerco, se meten en un campo prohibido, abren la mina con picos y palas, encuentran los restos de los cuerpos asesinados, toman fotografías, vuelven con las pruebas y se las entregan al Cardenal, quien finalmente ordena abrir la tumba.

 

Esto es imposible, dijo, nadie se atrevería a correr semejantes riesgos en plena dictadura.

 

No se me ocurre otra manera de resolver el argumento, considéralo una licencia literaria, repliqué.

 

El libro fue publicado en 1984.

 

Cuatro años más tarde fue eliminada la lista de exilados que no podían regresar a Chile y me sentí libre de volver por primera vez a mi país para votar en un plebiscito, que finalmente derrocó a Pinochet.

 

Una noche son el timbre de la casa de mi madre en Santiago y un hombre insistió en hablar conmigo en privado.

 

En un rincón de la terraza me conté que era sacerdote, que se había enterado en secreto de confesión de los cuerpos enterrados en Lonquén, haba ido en su motocicleta durante el toque de queda, abierto la mina prohibida con pico y pala, fotografiado los restos y llevado las pruebas al Cardenal, quien mandó a un grupo de sacerdotes, periodistas y diplomáticos a abrir la tumba clandestina.

 

-Nadie lo sospecha excepto el Cardenal y yo.

 

Si se hubiera difundido mi participación en este asunto, seguramente no estaría aquí hablándole, también yo habría desaparecido.

 

¿ Cómo lo supo usted ? -me preguntó .

 

-Me lo soplaron los muertos -repliqué, pero no me creyó.

viernes, 31 de diciembre de 2021

CÓMO SE APRENDE A ESCRIBIR

Cómo se aprende a escribir.

Autor: Jorge Claudio Morhain.

 

Esa pregunta ("Cómo se aprende a escribir") me la hacía también yo, cuando era un niño al que le gustaba mucho escribir. ¿Qué carrera debía seguir? ¿Hay una profesión llamada "escritor"? Pues bien, chicos: no la hay. Nunca hice un aprendizaje sistemático de cómo se escribe. Personalmente, lo que me interesó fue la historieta. De modo que tomé un curso de dibujo por correo para aprender la técnica de escribir guiones. Llegué a la conclusión de que no la había. Compré el libro de Poe sobre la forma de escribir un cuento y estudié la Escuela Media, donde me enseñaron las nociones de géneros literarios, gramática, sintaxis y todo ese jazz. Así que con sólo eso comencé a escribir historietas, y escribí incansablemente hasta llegar a 5.200. Pronto me pidieron cuentos, y apliqué la técnica de Poe y otros, y cuando debí escribir una novela me cuidé de que el lector quedara siempre "enganchado" al final de cada capítulo, con una ansiedad que lo llevara a seguir leyendo: lo conseguí. Pero, en fin, en realidad hay dos métodos mágicos para aprender a escribir. Hay quien se los salta, y vemos esos escribientes de páginas notariales que intentan contar alguna historia desvaída; o algún magnífico cuento frustrado, donde la falta de vocabulario o sintaxis lo vuelve insufrible. A ellos les ha faltado alguna de las dos etapas mágicas, que recomiendo sincera y efusivamente: Leer. En cantidades industriales, y no sólo aquello que nos gusta. Procurar, al menos al principio, leer todo lo que caiga en sus manos: prospectos médicos, boletos de las carreras, periódicos de fútbol, reseñas científicas, novelas rosas, novelas verdes, novelones, cuentos, poesías, teatro, etc. Escribir. Nunca te rindas. No importa que no te guste lo que hagas. A la mayoría no nos gusta de entrada (al cabo de muchos años lo reelerás y dirás: "¿Cómo hacía para escribir tan bien?"). No importa que nos pronostiquen una vida de encargado de estacionamiento, no importa que el estilo sea raro, no importa nada. Escribe, escribe, y búscate quien te lea. De última, siempre habrá alguien del sexo opuesto dispuesto a comprender lo que haces. Con el tiempo, conseguirás publicar en algún lado. Ganar un premio, miserablemente, ayuda muchísimo (digo miserablemente porque la mayoría de los concursos son trucados, porque no siempre se elige al mejor, y porque si pierdes —como yo— te queda una mala leche de por vida). Y, cuando tengas un tema, una idea, un esbozo, toma algunos de estos consejos, sacados de un curso de historieta que a veces dicto: Llamo premisas básicas a: Capacidad. Esto quiere decir saber escribir. Es posible que nadie escriba un guión de historieta si no sabe escribir. Sí, también en el sentido literal, porque hay casos en el que no tanto las faltas ortográficas como los desconocimientos de gramática y de sintaxis son graves. Pero en general, hay que saber escribir una narración. Conocimiento técnico. Esto es lo que vamos a tratar de dejar en ustedes a través de este curso; el conocimiento de qué es la historieta y cómo se hace. Llamo pasos previos a: Inspiración. Aunque parezcan frases hechas, la inspiración es una cosa que aparece de pronto, y no se sabe de dónde. Suele aparecer de un pedido editorial, de la necesidad de dinero, etc. Sí, eso es lo más corriente. Pero, vean qué cosa, eso suele ser el motivo pero no la inspiración. A mí se me han ocurrido historias soñando, leyendo otras historietas (lo más frecuente), viendo cine (también sirve), o simplemente, y esto es casi siempre así, pensando algún planteo más o menos clásico, y plantando los personajes. Después empiezo a escribir y trabajan solos. A veces usan ese planteo clásico, pero lo más frecuente es que se vayan por otro lado y al final salga una historia que me haga dar un salto de sorpresa cuando yo mismo me veo escribiendo la resolución final. Es así: inexplicable. No tengo fórmulas ni recetas. Base argumental. Esto es lo que decía, plantearse una historia coherente, con algunos pasos generales. Como esas clásicas del cine americano: chico busca chica - chico encuentra chica - chico pierde chica - chico lucha para reencontrar chica - chico encuentra chica. Documentación. Una vez que uno tiene el tema y la base argumental hay que documentarse: ver, leer, investigar sobre el tema. Aunque después no se use, es imprescindible saber de qué se escribe. Judith Merril y Theodor Sturgeon dicen al respecto: "No escribas una palabra hasta que hayas imaginado toda la escena: la habitación o los exteriores; los personajes incluidos los secundarios; los colores y las formas, el tiempo, las ropas, los muebles, todo. Luego describe solo aquéllo que se relacione con la acción: o no describas nada sino las acciones y los personajes". Eso nos lleva a la instrumentación. Coherencia. Toda historia será creíble —por más disparatado que sea el argumento, los personajes o el ambiente— si es coherente. Personajes: Deben estar bien definidos, bien individualizados, y cuanto menos mejor. Ambientación: Hay que seguir la premisa anterior. Saber exactamente dónde se mueven los personajes, consultar mapas, fotos, todo. Y después sintetizar en las descripciones al máximo. La otra frase de Merril y Sturgeon dice: "Se empieza con un personaje de una personalidad de trazo fuerte, incluso dominante. Se lo coloca en una situación que niegue de algún modo un rasgo vital. Se observa cómo resuelve el problema el personaje. Procura visualizar todo cuanto escribas". Estos autores hablan del escritor de cuento. Para el escritor de historieta visualizar, "ver" con la mente el cuadrito dibujado, es imprescindible.

jueves, 30 de diciembre de 2021

EL ORIGEN DE LOS CUENTOS

 

El origen de los cuentos.

Víctor Montoya.

 

 

El escuchar y el contar son necesidades primarias del ser humano. La necesidad de contar también resulta del deseo de hacerlo, del deseo de divertirse a

sí mismo y divertir a los demás a través de la invención, la fantasía, el terror y las historias fascinantes. Es en este deseo humano en el cual la literatura

tiene sus orígenes. Hans Magnus Enzensberger considera que el analfabeto primero, clásico, no sabía leer ni escribir, pero sabía contar. Era el depositario

y transmisor de la tradición oral y, por lo tanto, el inventor de los mitos y leyendas.

 

La tradición oral y los cuentos populares

 

Las culturas de todos los tiempos tuvieron deseos de contar sus vidas y experiencias, así como los adultos tuvieron la necesidad de transmitir su sabiduría

a los más jóvenes para conservar sus tradiciones y su idioma, y para enseñarles a respetar las normas ético-morales establecidas por su cultura ancestral,

puesto que los valores del bien y del mal estaban encarnados por los personajes que emergían de la propia fantasía popular. Es decir, en una época primitiva

en que los hombres se transmitían sus observaciones, impresiones o recuerdos, por vía oral, de generación en generación, los personajes de los cuentos

eran los portadores del pensamiento y el sentimiento colectivo. De ahí que varios de los cuentos populares de la antigüedad reflejan el asombro y temor

que sentía el hombre frente a los fenómenos desconocidos de la naturaleza, creyendo que el relámpago, el trueno o la constelación del universo poseían

una vida análoga a la de los animales del monte. Empero, a medida que el hombre va descubriendo las leyes físicas de la naturaleza y la sociedad, en la

medida en que avanza la ciencia y el conocimiento de la verdad, se va dando cuenta de que el contenido de los cuentos de la tradición oral, más que narrar

los acontecimientos reales de una época y un contexto determinados, son productos de la imaginación del hombre primitivo; más todavía, los cuentos que

corresponden a la tradición oral, además de haber sufrido modificaciones con el transcurso del tiempo, no tienen forma definitiva ni única, sino fluctuante

y variada: a la versión creada por el primer narrador, generalmente anónimo, se agregan los aciertos y torpezas de otros narradores que, a su vez, son

también anónimos. Las modificaciones tampoco han sido iguales en todos los tiempos y lugares, de manera que existen decenas y acaso centenas de versiones

de un mismo cuento.

 

"El cuento -en general- es una narración de lo sucedido o de lo que se supone sucedido", dice Juan Valera. Esta definición admite dos posibilidades aplicables

a la forma y el contenido: cuento sería la narración de algo acontecido o imaginado. La narración expuesta oralmente o por escrito, en verso o en prosa.

Cuento es lo que se narra, de ahí la relación entre contar y hablar (fabular, fablar, hablar). Es también necesario añadir que, "etimológicamente, la palabra

cuento, procede del término latino computare, que significa contar, calcular; esto implica que originalmente se relacionaba con el cómputo de cifras, es

decir que se refería, uno por uno o por grupos, a los objetos homogéneos para saber cuántas unidades había en el conjunto. Luego, por extensión paso a

referir o contar el mayor o menor número de circunstancias, es decir lo que ha sucedido o lo que pudo haber sucedido, y, en este último caso, dio lugar

a la fabulación imaginaria" (Cáceres, A., 1993, p. 4).

 

Ningún género literario ha tenido tanto significado como los cuentos populares en la historia de la literatura universal. El cuento, a diferencia del episodio

único de la fábula o la exaltación de seres extraordinarios del mito y la leyenda, tiene muchos más episodios y un margen más amplio que permiten explayar

personajes y acciones diversas. Otra diferencia es que el resultado final de los cuentos no siempre es optimista o feliz como en la fábula, la leyenda

y el mito, cuyos atributos son la valentía, la inteligencia y el heroísmo de sus personajes. En el mundo del cuento todo es posible, pues tanto el transmisor

como el receptor saben que el cuento es una ficción que toma como base la realidad, pero que en ningún caso es una verdad a secas.

 

No obstante, la sabiduría del pueblo no ha titubeado, desde que el mundo es mundo, en aceptar como verdad el argumento de la leyenda, el mito y la fábula

hechos cuentos, ya que sus personajes y acciones recogen las narraciones contadas -y quizá cantadas- por el pueblo. En tal sentido, el relato oral fue

durante siglos el único vehículo de transmisión del cuento, no sólo para deleite de los mayores, sino también para la distracción de los niños, debido

a que el cuento contiene elementos fantásticos, que cumplen la función de entretener a los oyentes y enseñarles a diferenciar lo que es bueno y lo que

es malo.

 

El origen del cuento se remonta a tiempos tan lejanos que resulta difícil indicar con precisión una fecha aproximada de cuándo alguien creó el primer cuento.

Se sabe, sin embargo, que los más antiguos e importantes creadores de cuentos que hoy se conocen han sido los pueblos orientales. Desde allí se extendieron

a todo el mundo, narrados de país en país y de boca en boca. Este origen oriental se puede aún hoy reconocer sin dificultad en muchos de los cuentos que

nos han maravillado desde niños, y que todavía los leemos o narramos. Así, en muchos casos son orientales sus personajes, sus nombres y su manera de vestir,

sus bosques o sus casas y también su forma de comportarse, su mentalidad y, en muchos casos, la "moral" del cuento. Y, por último, es también típica del

mundo oriental la manera de entender y de vivir la vida reflejada en los cuentos.

 

Cuentos orientales

 

Las colecciones más importantes y conocidas de cuentos orientales traídos a Europa y de Europa a América son:

Las mil y una noches

y

Calila y Dimna.

Una y otra fue motivo de versiones, adaptaciones o imitaciones por parte de las literaturas europeas, desde las mediterráneas hasta las anglosajonas. Es

más, "la palabra contar, con la significación de referir hechos, se la encuentra ya en el Calila y Dimna, cuya versión castellana data aproximadamente

del año 1261. En realidad el Calila y Dimna es una de las más extensas y originales colecciones de apólogos orientales; al parecer su recopilador Barzuyeh,

médico de Cosroes I, rey de Persia, dio a conocer la existencia de estos apólogos entre los años 531 y 570. Cabe recordar que el apólogo es la forma más

antigua con que se conoce el cuento; en tal sentido, el apólogo también es definido como una ficción narrada, más concretamente como un hecho real del

que se puede sacar una enseñanza moral (Cáceres, A., 1993, p. 4).

 

Ya en el siglo X, los primeros cuentos de origen árabe y persa llegaron a Europa en boca de mercaderes, piratas y esclavos. Más tarde, éstos mismos, diseminados

en disímiles versiones, llegaron a otros continente tras la circunnavegación y el descubrimiento. La prueba está en que un mismo cuento puede encontrarse

en distintos países; por ejemplo, "

La Cenicienta",

que probablemente honda sus raíces en los albores de la lucha de clases, conoce más de trescientas variantes, y deducir su verdadero origen, como el de

muchos otros cuentos -entre ellos del germano "Rosa Silvestre" y el francés "

La bella durmiente del bosque",

que son variantes de un mismo tema-, sería un cometido casi imposible. Asimismo, muchos de los cuentos folklóricos, como los compilados por los hermanos

Grimm y Charles

Perrault,

no tienen autores ni fechas, y aunque en un principio hubiesen sido invenciones de algunos cuentistas anónimos, en nada contribuiría a nuestro análisis,

ya que estos cuentos, con el transcurso del tiempo, sufrieron una serie de modificaciones según las costumbres y creencias religiosas de cada época y cultura.

 

Existen varias teorías acerca del origen de los cuentos, pero se sabe que muchos de ellos tienen su origen en el lejano Oriente. Los primeros cuentos árabes

se hallan impresos en rollos de papiro desde hace más de 4000 años. Aquí se menciona por primera vez a las hadas que, según cuenta la tradición, aparecían

en el nacimiento de un niño para ofrecerle regalos y señalarle el camino de la dicha o la desgracia, como en el príncipe condenado a muerte, que data de

1500 años antes de J. C. No en vano Montegut se adelantó en decir que, las hadas tienen su origen en Persia, "en ese pueblo espiritual, sutil y voluptuoso,

el más fino de Asia. Salieron de esos enjambres de espíritu elementales que hizo nacer la doctrina del dualismo y obedecieron a los encantamientos y a

las invocaciones de los magos. Ahí pasaron su larga y voluptuosa infancia jugando en la luz, en un aire seco y puro en todos los países con el polvo del

Irán, en donde se detuvieron los viajeros y los extranjeros que las llevaron con ellas, sin saberlo, en el pliegue de sus ropas, en un pliegue de su turbante

y las sacudieron en seguida, junto con el polvo llevado del Irán, en donde se detuvieron" (Montegut, E., 1882, p. 654).

 

Los cuentos de procedencia oriental, como los cuentos de hadas que tienen su origen en las leyendas y el folklore de los primeros tiempos, tienen el soporte

de la fantasía y comienzan de una forma tradicional: "Érase una vez, un rey en Egipto que no tenía ningún hijo... Hace mucho, muchísimos años, en un lejano

país del Oriente, allá donde el sol asoma cada mañana con su cara de oro y fuego, hubo un rey muy poderoso y cruel..." Lo que sigue a continuación no es

más que la fusión de la realidad y la fantasía, del mito y la leyenda; fuentes de las cuales bebieron poetas y cuentistas, como si hubiesen mamado de una

misma madre, quizá por eso existe tanto parecido entre los libros de unos y de otros.

 

Las mil y una noches

 

El lejano Oriente fue también la cuna de

Las mil y una noches,

célebre colección de cuentos que nos abre las puertas de un mundo lleno de encantos y alucinaciones, narraciones de aventuras fascinantes que proceden de

siglos diferentes y cuya redacción definitiva es posterior al siglo XVI. Las mil y una noches es, pues, una creación colectiva de árabes, persas, judíos

y egipcios, que escribieron en un estilo popular, lleno de expresiones que no pertenecen al árabe clásico, y aún a veces haciendo uso de dialectos, como

en el cuento de "Aladino y la lámpara maravillosa", que fue escrito en dialecto siríaco.

 

Esta colección de cuentos que pinta poéticamente la vida de los hombres del Oriente, y, particularmente, la astucia de las mujeres del harén, es una joya

literaria y una "caja de Pandora", que encierra las figuras más inverosímiles de la imaginación y la fantasía. De principio a fin, los cuentos están cargados

de un enorme poder sugestivo, a pesar de que la historia se inicia con un rey, quien en venganza del daño que le causó su primera esposa, da muerte a las

demás una vez celebrada la noche de bodas, hasta el día en que contrae matrimonio con la hija del visir de su reino, con la joven y hermosa Schahrazada,

quien, para evitar su muerte, relata a su hermana Doniazada y a su esposo, el rey, los episodios de una historia que se prolonga durante mil y una noches

-y no mil-, seguramente debido a las supersticiones que los árabes tienen con relación a los números enteros, misterio numérico que se conserva hasta nuestros

días.

 

Según las primeras versiones, la historia de Las mil y una noches comienza cuando "el Rey Schahzamán sorprende una noche a su mujer tendida en el lecho,

abrazada con un esclavo, y, desenvainando el alfanje, los deja a ambos muertos sobre los tapices de la cama. Entonces sale a visitar a su hermano, el poderoso

Rey Schahriar. Llega entristecido pero trata de mantener en secreto los acontecimientos. Por casualidad, un día se asoma a una ventana en el palacio y

ve a la mujer de su hermano entregada a libertinajes aún más escandalosos que los de su propia mujer. Al verlo, su humor se levanta un poco, y va a compartir

con el inocente Schahriar su desgracia común. Habiéndose cerciorado de los hechos, Schahriar parte con su huésped para pensar sobre lo que harían. Los

dos hermanos marchan día y noche hasta que llegan a descansar debajo de un árbol, en medio de una solitaria pradera junto al mar. Luego ven brotar del

mar una negra columna de humo. Asustados, los reyes suben a la cima del árbol y miran. La columna se convierte en un efrit -una especie de genio- quien

abre una caja de la cual aparece enseguida una joven de espléndidas proporciones. El efrit cae dormido y la jovencita señala a los dos reyes para que desciendan.

Les enseña un collar compuesto de quinientos setenta anillos cuyos dueños la habían poseído a ella junto a los cuernos insensibles del efrit. Reclama también

los anillos de los dos hermanos y explica que pese a las precauciones extraordinarias tomadas por su raptor, siempre ha sido capaz de burlarle, tan fuerte

es la habilidad de una mujer, una vez que tiene ganas de hacer algo. Ese intervalo milagroso puede entenderse como una clase de vuelo de fantasía del Rey

Schahriar, indicativo del crecer de un profundo y agrio recelo contra todas las mujeres. De este modo el rey experimenta una fuerte transformación, y su

primer acto al volver a casa es mandar degollar a su esposa. Enseguida ordena a su visir que cada noche le lleve una joven virgen. Y cada noche, después

de arrebatarle su virginidad, manda que la maten. Esto continúa durante tres años, hasta que se agota la provisión de vírgenes en el reino, salvo las dos

hijas doncellas del visir mismo. La mayor se llama Schahrazada y la menor Doniazada. Schahrazada propone a su padre para casarse con el rey, con la esperanza

de ser el rescate de muchas otras de entre las manos del rey. El visir lo acepta con mucho dolor, y la lleva al rey. Al llegar la hora fatídica, Schahrazada

implora al rey que le permita despedirse de su querida hermana. Schahriar tiene piedad y mientras le arrebata su virginidad, sus sirvientes van en búsqueda

de Doniazada. La joven, una vez llegada, pide de Schahrazada un cuento de despedida y el rey nuevamente accede. La astuta hija del visir empieza a contar

una historia, pero la deja incompleta. Así coacciona al rey, quien, movido por la curiosidad, le permite vivir otro día para que la historia sea terminada.

Y de esta manera Schahrazada procura narrar sus relatos intrincados y encantadores, noche tras noche, durante mil noches y una noche" (Heisig, J.W., 1976,

 

domingo, 19 de diciembre de 2021

ANALISIS QUÍMICO DEL TIPO DE PALABRAS

 

Decidí leer un libro de nuevo, pero esta vez me fijé en la esencia y composición de sus voces. En esta segunda lectura descubrí los fenómenos naturales y elementos químicos que proporcionaban las palabras

 

Autora: Mar Abad

 

 

La composición química de las palabras

 

Estaba leyendo un libro y, de tanto mirar el papel, empecé a sentir el olor y el tacto de la madera. Seguí leyendo y, al pasar las páginas, noté un viento en la cara. Leí más y se me empaparon las manos. Y al llegar al último capítulo me di cuenta de que en la textura del libro no solo había madera. Estaba la naturaleza entera.

 

Había fuego, agua, aire, metal… Me llevó cientos de páginas pero por fin lo descubrí: esos fenómenos naturales (el viento, la humedad…) y esos elementos químicos (el oxígeno, el azufre…) proporcionaban las palabras. Eran ellas las que daban sabor a los párrafos y a los pasajes que me llevaban por momentos dulces y momentos amargos.

 

Decidí leerlo de nuevo, pero, ahora, en vez de fijarme en el significado de las palabras, busqué su esencia y su composición.

 

Distinguí entonces entre palabras finas y palabras gruesas. A un lado puse las finas (delicadas, cultas, bellas…) y a otro, las gruesas (tacos, insultos, groserías…). Extendí la cinta métrica sobre unas y otras, las puse en una balanza, conté sus letras y vi que no había diferencia de volumen entre ellas. No pesa más cabrón (una voz soez) que inefable (una voz con muchos fans entre las personas cultas). Así que lo único que saqué en claro es que para despreciar algo, lo llamamos gordo. Es decir, somos una cultura gordofóbica.

 

Pensé en otra forma de medirlas y hallé que hay palabras densas, profundas, superficiales… Pero como había sacado la báscula, las fui subiendo una a una, y lo que sí que vi es que algunas pesan poquísimo. Son las palabras huecas y las palabras vacías. Y lo sorprendente es que eran la mayoría. Eran las voces del hablar por hablar que no dicen nada. Las típicas "¿cómo estás?" cuando no te interesa cómo está el otro o el "cuenta conmigo" que luego no mueve un dedo.

 

Quizá por eso, y por su peso, muchas de ellas son las palabras que se lleva el viento. Esas que se dicen y tienen menos sujeción que un globo. Palabras etéreas, palabras volátiles… Aunque bien distintas son las palabras que dan oxígeno (cuando, por ejemplo, sale el cirujano del quirófano y dice que todo ha ido bien).

 

Pasé después a observar la composición química. Encontré palabras metálicas y palabras de acero: eran voces tan firmes y sólidas, que jamás se las lleva el viento. Los que tienen palabras de acero son gente de palabra. Lo explica en una canción el mexicano Fidel Rueda:

 

Por ser un hombre sincero

 

Mis amigos me respetan (...)

 

Mis palabras son de acero

 

Así nací en el planeta

 

A otras, la composición de metal, más que consistencia, les da pesadez. A ver quién aguanta una conversación llena de palabras plomizas.

 

Aunque el escenario contrario no pinta mejor. Frente a la palabra plomiza está la palabra florida («muy escogida», según la RAE). Pero es que… lo florido es tan rococó que hasta en su definición del diccionario hay pringue ornamental: «dicho del lenguaje o del estilo: amena y profusamente exornado de galas retóricas».

 

Entre tanta flor sentí el rocío de la mañana. Era tan abundante que alrededor aparecieron palabras empapadas de connotaciones. Algunas, incluso, eran palabras que caían en papel mojado. Y todo hubiese acabado hecho una sopa si no hubieran surgido de pronto las palabras ardientes de unos amantes que se decían obscenidades y las palabras incendiarias de unos manifestantes ultra que casi nos tiran un contenedor a la cabeza.

 

Los muy malditos gritaban palabras afiladas y palabras cortantes. No dijeron una sola palabra rasa. Más que hablar, parecían escupir. Y luego llegó una persona, que, con calma chicha, soltó palabras venenosas, palabras envenenadas, palabras tóxicas: "A los progres que critican lo que decimos de los menas que les manden uno a casa".

 

Eran palabras hirientes para culpabilizar a unas víctimas. No eran palabras estériles, que no dan fruto. Al contrario: alimentan el miedo y el odio. Y el asunto es tan serio porque el racismo, la xenofobia y la aporofobia son palabras mayores (de mucha importancia y grandes implicaciones).

 

Pero eran palabras tan ácidas y tan amargas que pasé corriendo esas páginas y me fui en busca de palabras… picantes (así llamaban a las palabras que se referían al sexo cuando el sexo era tabú) y palabras dulces. Y así pude cerrar el libro y quedarme con un buen sabor de boca.

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

La lluvia amarilla. El retrato de los pueblos abandonados.

La lluvia amarilla.

Por todos los Ainielles. Los que ya quedaron desiertos, los que están a punto de hacerlo y los que se vaciarán. Aunque a muchos les moleste la palabra, su sentido es literal

— El retrato de los pueblos abandonados.

Autora:Cristina Armunia Berges.

Esconderse en un molino para no ser testigo de la marcha de otra familia del pueblo. Para no ver lo irremediable, algo contra lo que no se puede luchar. El vacío. Buscar un escondrijo para que el desertor, otro que tira la toalla en medio de una lenta agonía, no pueda cruzarse contigo y observar tu brutal desolación, la de quedarse solo en el lugar en el que has nacido, crecido y tenido descendencia. Hijos que se fueron con el estallido de la guerra, por una enfermedad incurable de la época o en el éxodo rural posterior. Las historias de abandono de entonces no son como las de ahora, aunque todas comparten trazas de impotencia. Sálvese quien pueda.

 

La lluvia amarilla, que sabe a otoño y a hojas secas, continúa vigente 33 años después de su publicación, ahora sobre las tablas del Teatro Español. Jesús Arbués ha estrenado la primera adaptación de la novela sobre despoblación de Julio Llamazares.

 

¿Qué sienten las personas que resisten en los pueblos mientras ven cómo se marchan sus vecinos? ¿Tiene sentido vivir solo rodeado de viejas casas y de tierras que ya no puedes trabajar sin ayuda? Y si te picase una víbora estando solo, ¿serías capaz de sobrevivir a eso?

 

"Y, entre tanto abandono y tanto olvido, como si de un verdadero cementerio se tratara, muchos de los llegados conocerán por vez primera el terrible poder de las ortigas cuando, adueñadas ya de las callejas y los patios, comienzan a invadir y a profanar el corazón y la memoria de las casas", dice Andrés, el protagonista de La lluvia amarilla, después de mucho tiempo solo.

 

¿Y si las casas hablasen?

 

Por todos los Ainielles. Los que ya quedaron desiertos, los que están a punto de hacerlo y los que se vaciarán. Aunque a muchos les moleste la palabra, su sentido es literal. Los pueblos de interior, las zonas rurales, siguen un lento camino hacia el vacío total por falta de servicios, de vivienda y de oportunidades laborales. Ante la multitud de términos para describirla (rural, interior, vacía o vaciada), existe una sola realidad: lugares que atesoran tantas historias como número hubo de pobladores. Espacios en los que ya no queda nada. Ni recuerdos. La incomodidad de los términos seguramente sea lo de menos y quien califica el creciente interés sobre lo que pasa en los pueblos de moda pasajera se equivoca. El libro de Llamazares con los desgarradores pensamientos de su protagonista se publicó en el año 1988 y sigue completamente vigente.

 

Andrés, el último habitante de Ainielle, un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Biescas, en el Pirineo, relata cómo han sido sus últimos años en el lugar, que parece recóndito, pero no lo es tanto. Ainielle no es más que otro ejemplo de lugar deshabitado. En España hay 713 núcleos de población deshabitados y más de 6.000 zonas diseminadas en las que ya no vive nadie, según los datos del Instituto Geográfico Nacional.

 

"Gritar ahí fuera sería como hacerlo en mitad de un cementerio. Gritar ahí fuera únicamente serviría para turbar el equilibrio de la noche y el sueño vigilante de los muertos", se narra en los primeros compases de esta historia. Está solo. Con la única compañía de su vieja perra, que no tiene nombre y ni falta que le hace, ya que no hay más animales en el pueblo que puedan confundirse y acudir a su llamada.

 

La lluvia amarilla es la antesala del frío y el aviso de que se acerca el invierno, que cae como un martillo sobre los pueblos. Antes y ahora. Todavía hoy, el frío significa aislamiento y añoranza. Del mismo modo que la primavera, con el esperado deshielo, devuelve a la vida y llena de agua a los pueblos de montaña.

 

La lluvia amarilla es también melancolía.

 

"Pero, de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía", describe el libro.

 

Aun sabiendo que el desenlace es inevitable, parece razonable desear que Sabina salga del molino y se encuentre con Andrés, con sus niños, y con el resto de los vecinos, como si no hubiera pasado nada. "La marcha de los de Casa Juan Francisco fue el comienzo tan sólo de una larga e interminable despedida, el inicio de un éxodo imparable que, dentro de muy poco, mi propia muerte convertirá en definitivo".