sábado, 22 de octubre de 2022

Annie Ernaux, la extranjera

Annie Ernaux, la extranjera.

Lucía Campanella.

 

2022 ya venía siendo un año de consagración de la escritora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, 1940). A comienzos de año había aparecido su última novela, Le

jeune homme. En mayo, un Cahier de L’Herne proponía una aproximación profunda y profusa a su obra. El mismo mes, el festival de Cannes, en el marco de

la Quinzaine des Réalisateurs, presentaba el documental Les années Super 8, dirigido por uno de los hijos de Ernaux y basado en las filmaciones caseras

de la familia. El título y el argumento retoman una de las novelas más reconocidas de la autora, Les années (Los años, 2008). En 2020 y 2021 otras dos

de sus novelas habían dado lugar a sendas versiones cinematográficas homónimas: Passion simple, de Danielle Arbid, y L’Événement (El acontecimiento, disponible

en HBO), de Audrey Diwan, esta última premiada con el León de Oro en la Mostra de Venezia.

Todos estos acontecimientos, en especial el cahier de la editorial L’Herne, que desde 1961 publica estos prestigiosos volúmenes enteramente dedicados a

un autor, ratificaban el lugar de Annie Ernaux en las letras francesas. Se trata de un lugar peculiar, conquistado sin pausa y sin demasiado ruido desde

su primera novela, Les armoires vides (Los armarios vacíos, 1974). En estos casi 50 años, sus libros, acotados en páginas y publicados con regularidad

cada tres o cuatro años, han dando lugar a múltiples estudios (casi 200 tesis doctorales defendidas o en preparación entre 2012 y 2022 en Francia sobre

la obra de Ernaux o sobre Ernaux en relación con otros escritores como Virginia Woolf, Pierre Michon, Marguerite Duras, WG Sebald). La escritora cuenta

con un público educado y fiel, y varios autores más jóvenes, como Didier Eribon, Nicolas Mathieu, Ivan Jablonka, Emmanuel Carrère o Édouard Louis la reconocen

como maestra.

El Nobel cayó de manera un poco inesperada, sin embargo, en medio de pronósticos que señalaban a Michel Houellebecq, a veces considerado el antónimo de

Ernaux, como favorito en el área de escritores en lengua francesa. Como es habitual, el premio encantó a los convencidos e indignó a los detractores: los

que pensaban que lo merecía más el acuchillado Salman Rushdie, los que consideran que Ernaux no es “un gran autor”, que le falta “estilo”, que habla de

temas que sólo le interesan a ella y a un puñado de lectoras preocupadas por cosas tan banales y desagradables como menstruaciones que no vienen y nudos

en el estómago mientras se prepara la cena o se hacen las compras en el supermercado. También están aquellos a quienes las posiciones políticas de Ernaux

molestan desde hace años: su militancia de izquierda, su apoyo a movimientos como los chalecos amarillos o Boicot Israel o su posicionamiento sobre las

prisiones, sin contar su apoyo a La France Insoumise, el partido de Jean-Luc Mélenchon.

El presidente Emmanuel Macron, destinatario de una carta abierta en la que Ernaux lo acusaba en 2020 de haber saqueado el sistema de salud y haber recortado

los servicios públicos, condicionando así la respuesta a la pandemia e instaurando una forma de gobierno en la que el Estado cuenta sus billetes mientras

los trabajadores cuentan sus muertos, no tuvo más remedio que dedicarle un cortés tuit de felicitaciones.

En palabras de la academia sueca, el premio es un reconocimiento a “la valentía y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los extrañamientos

y las restricciones colectivas de la memoria personal”. En ese cruzamiento, en la historia de sí misma que es la historia de muchos y muchas está sin duda

el interés de la obra de Ernaux. Si la academia no se encarga de poner el acento en la manera profundamente política en la que la autora logra esto, sí

se lo reconocen sus lectores y lectoras.

Gisèle Sapiro, por ejemplo, la denomina “etnógrafa de la violencia simbólica”

1

 y Typhaine Samoyault considera que su obra es una respuesta a todas las formas de dominación.

2

 Ahorrándonos tener que pasar por la manida distinción entre persona y obra, como lo señala Sapiro, Annie Ernaux firmaba, al día siguiente de haber recibido

el Nobel, un llamado a manifestarse el 16 de octubre en contra del modelo neoliberal y a favor de la adopción de medidas de protección social en vísperas

de un invierno que se anuncia como agravante de las injusticias sociales y de la condición de los más pobres. Ese domingo se la pudo ver en las calles

de París encabezando la manifestación, que reunió a 140.000 mil personas, según los organizadores (o 30.000, según la Policía).

Cercanía, extrañamiento y memoria

Los libros de Ernaux crean por un lado una permanente sensación de cercanía, en la que los lectores siguen una trayectoria vital desde un almacén-café

que sus padres, obreros devenidos pequeños comerciantes, tuvieron por décadas en un pequeño pueblo de Normandía, hacia unos estudios que poco a poco la

van alejando de ese medio, una entrada en la vida sexual a través de lo que hoy denominaríamos una violación, un aborto clandestino, un matrimonio burgués,

unos hijos, un trabajo de décadas como profesora, el enamoramiento, la enfermedad, la muerte de su padre y de su madre, la separación, la escritura.

Por otro lado, su obra parece escrita por un observador externo que da cuenta casi con extrañamiento de las transformaciones sociales que puntúan y que

dan forma a esa vida, con precisión quirúrgica. Este ir y venir entre el yo y el todos se expresa, por ejemplo, en las voces narrativas (la oscilación

entre el “nosotros” y el “ella” para hablar de sí misma, pasando por el on francés como pronombre indefinido) y en los títulos elegidos para algunos de

sus libros.

En L’Événement, que tiene por tema central su aborto, y L’Occupation (de 2002), en la que se cuenta una pasión amorosa, Ernaux retoma términos históriamente

cargados (“el acontecimiento” es la guerra de Argelia, “la ocupación” es la invasión nazi) para imponer su punto de vista y rellenar los huecos de la historia,

transformando así hechos vergonzosos y silenciados en “experiencia(s) humana(s) total(es)”, como señala Aurélie Adler en el Cahier mencionado.

Su fenomenal trabajo de memoria radica en detenerse ante las palabras y ante las cosas: la expresión de su padre en una foto que encontró en su billetera

el día de su muerte, el color de la sonda usada por la abortera, la profundidad de los carritos del súper, cada vez más capaces de contener la mercadería

triunfante, la manera que tenía su abuela campesina de orinar parada, los juegos de palabras bobos o verdes, las letras de las canciones de la radio, la

lengua de los padres y de sus compañeras de escuela. Una memoria “ilegítima, de cosas que es impensable, vergonzoso o loco formular” (Les Années), una

“memoria humillada” (La Place, El lugar, 1983) que la hace conservar detalles de sus orígenes populares. Una memoria que ella lucha por conservar en el

mundo burgués que la rodea y que “se esfuerza en hacerte olvidar del mundo de abajo como si fuera algo de mal gusto” (La Place).

Esta condición de “desertora de clase” (transfuge de classe, una noción sociológica en la que Ernaux reconoce su propia trayectoria) es lo que le permite

una mirada aguda sobre ambos espacios sociales, el de origen y el de acogida. Y es su experiencia la que la habilita a tomar la palabra, puesto que “haber

vivido una cosa, la que sea, da el derecho imprescriptible de escribirla. No hay verdad inferior” (L’Événement).

Esa verdad es, además, la de una vida de mujer, por más que Ernaux se considere “alguien” que escribe y no “una mujer” que escribe. Una vida femenina marcada

por el temor a ser considerada una puta, durante esos años de juventud pre 68 en los que nunca vio a nadie, y menos aún a las implicadas, defender la libertad

sexual de las mujeres. Marcada también por el temor al embarazo en una época previa a la píldora: “Todas las tragedias griegas y racinianas están en mi

vientre. El destino en toda su absurdidad”, dirá en La femme gelée (La mujer helada, 1981).

Marcada, finalmente, por los roles de madre y esposa que no dudó en asumir pero que la hacen reflexionar sobre la cuestión de la libertad mientras pela

papas y baña bebés. En esos relatos de corpiños que se prestan, de electrodomésticos que se desean, de alimentos que se compran, de encuentros con hombres

que dejan más dudas que placeres y de agujas de tejer que se usan para fines menos hacendosos, está sin duda parte de lo que molesta a los defensores de

la Literatura escrita con mayúscula y en masculino. Ernaux lo tiene muy claro, y tiene claro de qué lado quiere estar: “Y si no voy hasta el final del

relato de esta experiencia, contribuyo a oscurecer la realidad de las mujeres y me pongo del lado de la dominación masculina del mundo” (L’Événement).

La lengua del enemigo

La lengua en la que escribe Ernaux, una lengua pretendidamente “llana”, que no rehúye las palabras ordinarias ni los coloquialismos, pero que es también

“la lengua del enemigo” (lo dice en L’Écriture comme un couteau, entrevistas con Frédéric-Yves Jeannet, de 2003), hace sin duda difícil el trabajo de la

traducción. Por estas costas llegaron de manera inconstante las traducciones al español publicadas por Tusquets en décadas pasadas; las más recientes,

de la editorial independiente madrileña Cabaret Voltaire, no tienen distribuidor en Uruguay.

La obra de Ernaux ha estado entonces reservada a quien podía leerla en francés o a lectores particularmente atentos. Una honrosa excepción es la del libro

publicado en Argentina por Milena París en 2017, que reúne dos de sus obras, Journal du dehors (Diario del afuera, 1993) y La Vie extérieure (La vida exterior,

2000), en traducción de Sol Gil, y que se agotó en las librerías montevideanas la mañana misma del jueves en que se dio la noticia del premio. Gracias

a la euforia editorial que desencadena el Nobel (Gallimard, la editorial de Ernaux en Francia, acaba de anunciar la reimpresión de 900.000 ejemplares de

sus libros), es de esperarse que pronto tengamos a disposición más libros de Ernaux en plaza.

Y eso es algo para celebrar porque, como dice Nicolas Mathieu, los libros de Ernaux, como los grandes libros, ya sea para muchos como para unos happy few dan

cuerpo a sensaciones mudas, a pensamientos aún no formulados, a experiencias de las que uno se creía el poseedor monstruoso y aislado. El Nobel puede tener

como única pero consistente virtud la de acercar la obra de Ernaux a los lectores de este lado del mundo.

domingo, 24 de julio de 2022

Cómo afronta nuestro cerebro el hecho de hablar más de un idioma

 

Cómo afronta nuestro cerebro el hecho de hablar más de un idioma

Autor: Nicole Chang.

 

 

Hablar una segunda o incluso una tercera lengua puede aportar ventajas evidentes, pero a veces las palabras, la gramática e incluso los acentos pueden

confundirse. Esto puede revelar cosas sorprendentes sobre el funcionamiento de nuestro cerebro.

La investigación sobre cómo las personas multilingües hacen malabares con más de un idioma en sus mentes es compleja y a veces contraintuitiva. Resulta

que cuando una persona multilingüe quiere hablar, las lenguas que conoce pueden estar activas al mismo tiempo, aunque sólo se utilice una. Estas lenguas

pueden interferir entre sí, por ejemplo, entrando en la conversación justo cuando no se espera. Y las interferencias pueden manifestarse no sólo en los

deslices de vocabulario, sino incluso a nivel de gramática o acento.

“Por las investigaciones sabemos que, como bilingüe o multilingüe, siempre que hablas, se activan las dos lenguas o todas las que conoces”, explica Mathieu

Declerck, investigador principal de la Universidad Libre de Bruselas. “Por ejemplo, cuando quieres decir 'dog' como bilingüe francés-inglés, no sólo se

activa 'dog', sino también su equivalente de traducción, por lo que también se activa 'chien'“.

Concepto de inhibición

Por lo tanto, el hablante necesita tener algún tipo de proceso de control del lenguaje. Si se piensa en ello, la capacidad de los hablantes bilingües y

multilingües para separar las lenguas que han aprendido es notable. La forma en que lo hacen se explica comúnmente a través del concepto de inhibición:

una supresión de las lenguas no relevantes.

Cuando se pide a un voluntario bilingüe que nombre un color que aparece en una pantalla en un idioma y luego el siguiente en su otra lengua, es posible

medir los picos de actividad eléctrica en las partes del cerebro que se encargan del lenguaje y la atención.

Sin embargo, cuando este sistema de control falla, pueden producirse intrusiones y lapsus. Por ejemplo, una inhibición insuficiente de una lengua puede

hacer que esta “aparezca” y se entrometa cuando se debería estar hablando en otra distinta.

Tamar Gollan, profesora de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego, lleva años estudiando el control del lenguaje en los bilingües. Sus

investigaciones han llevado a menudo a conclusiones contrarias a la intuición.”Creo que una de las cosas más singulares que hemos visto en los bilingües

cuando mezclan idiomas es que a veces parece que inhiben tanto la lengua dominante, que acaban hablando más lentos en ciertos contextos”, indica el experto.En

otras palabras, la lengua dominante de una persona multilingüe puede verse afectada en ciertos casos. Por ejemplo, en la tarea de nombrar colores descrita

anteriormente, un participante puede tardar más tiempo en recordar la palabra de un color en su primera lengua cuando cambia a la segunda, en comparación

con la situación inversa.

En uno de sus experimentos, Gollan analizó la capacidad de cambio de idioma de los bilingües español-inglés haciéndoles leer en voz alta párrafos solo

en inglés, solo en español y párrafos que mezclaban aleatoriamente el inglés y el español.Los resultados fueron sorprendentes. Aunque tenían los textos

delante de ellos, los participantes cometían “errores de intrusión” al leer en voz alta, por ejemplo, decir accidentalmente la palabra española “pero”

en lugar de la palabra inglesa “but”. Este tipo de errores se producía casi exclusivamente cuando leían en voz alta los párrafos mixtos, que requerían

cambiar de idioma.Lo más sorprendente fue que una gran proporción de estos errores de intrusión no eran palabras que los participantes se habían “saltado”

en absoluto. Mediante el uso de tecnología de seguimiento ocular, Gollan y su equipo descubrieron que estos errores se cometían incluso cuando los participantes

miraban directamente a la palabra concreta.Y aunque la mayoría de los participantes eran hablantes que dominaban el inglés, cometían más errores de intrusión

con palabras en inglés que con las debían decir en español, un idioma que controlaban menos, algo que, según explica Gollan, es casi como una inversión

del idioma dominante.

Dominancia invertida

“Creo que la mejor analogía es imaginar que hubiera alguna condición en la que de repente escribieras mejor con tu mano no dominante”, comenta. “A esto

lo hemos calificado como dominancia invertida”.

Esto puede ocurrir incluso cuando estamos aprendiendo una segunda lengua: cuando los adultos están inmersos en el nuevo idioma, pueden tener más dificultades

para acceder a las palabras de su lengua materna.

Los efectos de dominancia invertida pueden ser especialmente evidentes cuando los bilingües cambian de idioma en una misma conversación, dice Gollan. La

experta explica que, al mezclar idiomas, los multilingües hacen una especie de ejercicio de equilibrio, inhibiendo la lengua más fuerte para equilibrar

las cosas, y a veces van demasiado lejos en la dirección equivocada.

“Los bilingües intentan que ambas lenguas sean igual de accesibles, inhibiendo la lengua dominante para facilitar la mezcla”, dice. “Pero a veces 'sobrepasan'

esa inhibición, y acaban hablando más lento que en la lengua no dominante”.

Los experimentos llevados a cabo por Gollan también descubrieron una dominancia invertida en otra área sorprendente: la pronunciación. Los participantes

a veces leían una palabra en el idioma correcto, pero con el acento equivocado. Y de nuevo, esto ocurría más con las palabras en inglés (idioma dominante)

que en español.

“A veces los bilingües eligen la palabra correcta, pero con el acento incorrecto, lo cual es una disociación realmente interesante que indica que el control

del lenguaje se aplica en diferentes niveles de procesamiento”, dice Gollan. “Y hay una separación entre la especificación del acento y la especificación

del léxico del que se van a extraer las palabras”.

E incluso el uso de la gramática en nuestra lengua materna puede verse afectado de forma sorprendente, sobre todo si se ha estado muy inmerso en un entorno

lingüístico diferente.

“El cerebro es maleable y adaptable”, dice Kristina Kasparian, escritora, traductora y consultora que estudió neurolingüística en la Universidad McGill

de Montreal (Canadá). “Cuando uno se sumerge en una segunda lengua, eso influye en la forma en que percibe y procesa su lengua materna”.

Diferente actividad cerebral

Como parte de un proyecto más amplio realizado dentro de la investigación de su doctorado, Kasparian y sus compañeros hicieron pruebas con personas que

tenían el itialiano como lengua materna y que habían emigrado a Canadá y aprendido inglés ya de adultos. Todos ellos habían declarado anecdóticamente que

su italiano se estaba oxidando y que no lo utilizaban mucho en su día a día.

A los participantes se les mostró una serie de frases en italiano y se les pidió que vieran si les sonaban bien. Al mismo tiempo, se midió su actividad

cerebral mediante un método de electroencefalografía (EEG). Sus respuestas se compararon con las de un grupo de italianos monolingües que vivían en Italia.

Los inmigrantes italianos eran más propensos a rechazar frases italianas correctas como no gramaticales si estas no coincidían con la gramática inglesa

correcta. Y cuanto mayor era su dominio del inglés, cuanto más tiempo llevaban viviendo en Canadá y cuanto menos utilizaban su italiano, más probable era

que encontraran las frases correctas en italiano como incorrectas.

También mostraban patrones diferentes de actividad cerebral en comparación con los italianos que vivían en Italia. Descubrieron que, cuando se les presentaban

frases gramaticalmente aceptables solo en italiano (pero no en inglés), los italianos que vivían en Canadá mostraban patrones de actividad cerebral diferentes

a los de Italia.

De hecho, su actividad cerebral era más coherente con lo que cabría esperar de los angloparlantes, dice Kasparian, lo que sugiere que sus cerebros procesaban

las frases de forma diferente a la de sus homólogos monolingües en su país.

Evidentemente, la mayoría de las personas multilingües son capaces de mantener la gramática de su lengua materna sin problemas. Pero el estudio de Kasparian,

así como otros realizados en el marco de su proyecto de investigación más amplio, demuestran que nuestras lenguas no son estáticas a lo largo de nuestra

vida, sino que cambian, compitiendo e interfiriendo activamente entre sí.

Navegar por estas interferencias podría ser parte de lo que hace que a un adulto le resulte difícil aprender un nuevo idioma, especialmente si ha crecido

siendo monolingüe.

“Cada vez que vas a hablar esta nueva lengua, la otra es como si dijera: '“Eh, ya estoy aquí, listo'“, dice Matt Goldrick, profesor de lingüística en la

Universidad Northwestern de Evanston (Illinois). Así que el reto es que hay que suprimir eso que es tan automático y tan fácil de hacer, en favor de algo

que es increíblemente difícil cuando se está aprendiendo un idioma por primera vez”.

Gestionar la competencia es algo en lo que los multilingües suelen tener mucha práctica. Muchos investigadores sostienen que esto les aporta ciertas ventajas

cognitivas, aunque cabe señalar que aún no hay una posición firme al respecto, ya que otros afirman que sus propias investigaciones no muestran pruebas

fiables de una ventaja cognitiva bilingüe.

En cualquier caso, el uso de las lenguas es posiblemente una de las actividades más complejas que los humanos aprenden a realizar. Y tener que manejar

varios idiomas se ha relacionado con beneficios cognitivos en muchos estudios, dependiendo de la tarea y la edad.

Algunos estudios han demostrado que los bilingües rinden más en tareas de control ejecutivo. Asimismo, hablar varios idiomas también se ha relacionado

con un retraso en la aparición de los síntomas de la demencia. Y, por supuesto, el multilingüismo aporta muchos beneficios evidentes más allá del cerebro,

sin olvidar el beneficio social de poder hablar con mucha gente.

viernes, 15 de julio de 2022

estudio lingüístico del parentesco

Ego. En castellano llamamos tío al hermano de cualquiera de nuestros progenitores, independientemente de si es hermano de nuestro padre o de nuestra madre. En otras lenguas, en cambio, esto no es así. En noruego, por ejemplo, la palabra para referirse a tu tío será diferente según sea del lado materno o del lado paterno

Autora: Elena Álvarez Mellado

 

En la familia de mi pareja se llaman entre sí por el nombre de pila: Manolo, Javier, Mª Jesús. Me pregunto si será cosa de ser de Madrid. A mí, que soy de familia sureña, lo de llamarse entre familiares por el nombre de pila se me hace extraño. En mi familia los nombres van irremediablemente unidos a la relación de parentesco que me une a ellos: la tita Sole, el tito Pepe, la abuela Isabel.

 

No es solo cuestión de tradición, diría que es casi una necesidad: la adición al nombre del grado de parentesco es precisamente (junto con los siempre socorridos diminutivos) lo que nos permite deshacer los casos de ambigüedad onomástica que pululan por mi familia. El abuelo Juan, el tito Juanito, el tito Juan, el primo Juan y el primo Juanito designan de forma unívoca a los integrantes de la saga de Juanes que atraviesa nuestro árbol genealógico y que se extiende ya cinco generaciones atrás.

 

La manera en que las diferentes lenguas del mundo se refieren a los términos de parentesco es un tema de gran enjundia lingüística. Al fin y al cabo, la realidad puramente material sobre la que se asienta la filiación de una persona puede parecernos en principio común, universal e invariable: una persona nace de otra. Pero el complejo entramado social que tejen las relaciones de parentesco varía de una cultura a otra, y estas relaciones se codifican de maneras diferentes en las distintas lenguas (de una forma no muy distinta a lo que ocurre con la fragmentación del espectro cromático en los colores).

 

Por ejemplo, en castellano llamamos tío al hermano de cualquiera de nuestros progenitores, independientemente de si es hermano de nuestro padre o de nuestra madre. En otras lenguas, en cambio, esto no es así. En noruego, por ejemplo, la palabra para referirse a tu tío será diferente según sea del lado materno o del lado paterno. En otros idiomas, los términos de parentesco codifican la edad relativa entre individuos: es lo que ocurre en búlgaro o en las lenguas sami de Laponia, donde la palabra para referirse a tu tío variará dependiendo de que la persona en cuestión sea hermano mayor o pequeño de tu padre. Mientras que en otras lenguas es la consanguinidad lo que determina la denominación. En nepalí, por ejemplo, utilizan palabras distintas según el parentesco sea sanguíneo o político. Dicho de otro modo, en nuestro sistema llamamos tía tanto a la hermana de tu madre como a la mujer de tu tío, pero en nepalí estos parentescos reciben nombres diferentes.

 

También encontramos lenguas en las que se da el caso contrario, es decir, idiomas que engloban bajo una misma palabra parentescos que nosotros distinguimos como distintos. Los parentescos del hawaiano solo diferencian entre generaciones, así que denominan bajo el mismo término lo que nosotros distinguimos como primos y hermanos, o padres y tíos.

 

Aunque quizá la palma en lo que a complejidad de parentesco se refiere se la lleven aquellos nombres de parentesco que establecen relaciones familiares no ya entre dos personas, sino entre tres. Pongamos por caso un padre que está hablando con sus hijos y quiere referirse a la abuela materna de esos niños. Encontramos idiomas que conceptualizan específicamente ese tipo de relación (tu-abuela-que-es-mi-suegra), concretamente en lenguas de Australia, la Amazonia y la Patagonia, en algunos casos motivados por tabúes culturales. Aunque poco frecuentes, estas relaciones ternarias son buena muestra de la inmensa variabilidad cultural, conceptual y lingüística que podemos encontrar a lo largo y ancho del mundo (y su dificultad para trasladarla de unas lenguas a otras).

 

Los términos de parentesco presuponen la existencia de un origen de coordenadas, un yo que funciona como un kilómetro cero desde el que se articulan las relaciones familiares, lo que en lingüística se conoce como ego. Con el transcurso de los años y la aparición de nuevos integrantes, el ego lingüístico de mi familia ha saltado una generación, arrastrando con ello toda una nomenclatura familiar que llevaba más de treinta años estable. Con este nuevo ego que se abre paso con fuerza, las nuevas denominaciones empiezan a desplazar a las antiguas. Así, el primo Félix coexiste con la denominación el tito Félix; la tita Paqui es hoy también la abuela Paqui; papá ha devenido en el abuelo Amador. Asisto a este cambio lingüístico doméstico que ocurre bajo mis propias narices y que me empuja inexorablemente hacia la periferia genealógica.

 

 

eldiario.es

sábado, 25 de junio de 2022

¿Podemos pensar sin usar el lenguaje?

 

¿Podemos pensar sin usar el lenguaje?

Autora: Joanna Thompson

 

Investigadores cuestionan el concepto tradicional de que necesitamos del lenguaje para razonar

 

 

Los seres humanos llevamos decenas (o quizá cientos) de miles de años expresando nuestros pensamientos con el lenguaje. Es un rasgo distintivo de nuestra especie, hasta el punto de que los científicos llegaron a especular que la capacidad del lenguaje era la diferencia clave entre nosotros y otros animales. Y llevamos preguntándonos por los pensamientos de los demás desde que podemos hablar de ellos.

 

“La pregunta del tipo 'un centavo por tus pensamientos' es, creo, tan antigua como la humanidad”, dijo a Live Science Russell Hurlburt, psicólogo investigador de la Universidad de Nevada, en Las Vegas, que estudia cómo las personas formulan sus pensamientos. Pero, ¿cómo estudian los científicos la relación entre el pensamiento y el lenguaje? ¿Y es posible pensar sin palabras?

 

La respuesta, sorprendentemente, parecería ser afirmativa, según cree haber descubierto Hulburt tras varias décadas de investigación. El investigador, por ejemplo, asegura haber demostrado que algunas personas no tienen un monólogo interior, es decir, que no hablan consigo mismas en su cabeza, según informó anteriormente Live Science. Y otras investigaciones muestran que las personas no utilizan las regiones lingüísticas de su cerebro cuando trabajan en problemas de lógica sin palabras.

 

Sin embargo, durante décadas los científicos pensaron que la respuesta era no, que el pensamiento inteligente estaba entrelazado con nuestra capacidad de formar frases.

 

“Una de las afirmaciones más destacadas es que el lenguaje surgió básicamente para permitirnos tener pensamientos más complejos”, explica a Live Science Evelina Fedorenko, neurocientífica e investigadora del Instituto McGovern del MIT. Esta idea fue defendida por lingüistas legendarios como Noam Chomsky y Jerry Fodor a mediados del siglo XX, pero ha empezado a caer en desgracia en los últimos años, según informa el artículo publicado en Scientific American.

 

Nuevas pruebas han llevado a los investigadores a reconsiderar sus antiguas suposiciones sobre cómo pensamos y qué papel desempeña el lenguaje en el proceso.

 

El “pensamiento no simbolizado” es un tipo de proceso cognitivo que se produce sin el uso de palabras. Hurlburt y un colega acuñaron el término en 2008 en la revista Consciousness and Cognition, después de llevar a cabo décadas de investigación para verificar que era un fenómeno real, dijo Hurlburt.

 

 

Estudiar el lenguaje y la cognición es notoriamente difícil, en parte porque es realmente difícil de describir. “La gente utiliza las mismas palabras para describir experiencias internas muy diferentes”, dijo Hurlburt. Por ejemplo, alguien puede utilizar palabras similares para relatar un pensamiento visual sobre un desfile de elefantes rosas que para describir su monólogo interior no visual, centrado en los elefantes rosas.

 

Otro problema es que puede ser difícil reconocer el pensamiento sin lenguaje en primer lugar. “La mayoría de la gente no sabe que tiene un pensamiento no simbolizado”, dice Hurlburt, “incluso las personas que lo practican con frecuencia”.

 

Y como las personas estamos tan atrapadas en nuestros propios pensamientos y no podemos acceder directamente a las mentes de los demás, puede ser tentador suponer que los procesos de pensamiento que ocurren dentro de nuestras propias cabezas son universales.

 

Sin embargo, algunos laboratorios, como el de Fedorenko, están desarrollando técnicas que estiman mejores para observar y medir la conexión entre el lenguaje y el pensamiento. Las tecnologías modernas, como la resonancia magnética funcional (IRMf) y la microscopía, permiten a los investigadores hacerse una idea bastante clara de qué partes del cerebro humano corresponden a las distintas funciones; por ejemplo, los científicos saben ahora que el cerebelo controla el equilibrio y la postura, mientras que el lóbulo occipital se encarga de la mayor parte del procesamiento visual. Y dentro de estos lóbulos más amplios, los neurocientíficos han sido capaces de aproximar y mapear regiones funcionales más específicas asociadas a cosas como la memoria a largo plazo, el razonamiento espacial y el habla.

 

La investigación de Fedorenko tiene en cuenta estos mapas cerebrales y añade un componente activo. “Si el lenguaje es fundamental para el razonamiento, entonces debería haber cierta superposición de recursos neuronales cuando uno se dedica a razonar”, ha hipotetizado. En otras palabras, si el lenguaje es esencial para el pensamiento, las regiones del cerebro asociadas al procesamiento del lenguaje deberían iluminarse cuando alguien utiliza la lógica para resolver un problema.

 

Para probar esta afirmación, ella y su equipo realizaron un estudio en el que dieron a los participantes un problema de lógica sin palabras para que lo resolvieran, como un sudoku o un poco de álgebra. A continuación, los investigadores escanearon los cerebros de estas personas mediante una máquina de IRMf mientras resolvían el rompecabezas. Los investigadores descubrieron que las regiones del cerebro de los participantes asociadas al lenguaje no se iluminaban mientras resolvían los problemas; en otras palabras, razonaban sin palabras.

 

Investigaciones como la de Fedorenko, Hurlburt y otros demuestran que el lenguaje no es esencial para la cognición humana, lo cual es un hallazgo especialmente importante para entender ciertas afecciones neurológicas, como la afasia. “Se puede quitar el sistema del lenguaje y gran parte del razonamiento puede continuar sin problemas”, dijo Fedorenko. Sin embargo, “eso no quiere decir que no sea más”.

sábado, 4 de junio de 2022

Una sugerencia de lectura.

 

Si no has leído Hasta donde termina el mar, de Alaizt Leceaga, es una sugestiva propuesta de lectura:

 

Una apasionante intriga sobre secretos familiares, venganza y el poder redentor del amor, ambientada en los dramáticos paisajes de la costa de Vizcaya, tierra de leyendas en la que aún se oye hablar de sirenas.

Detrás de cada tormenta desaparecen una y otra vez chicas jóvenes, y una corona de flores llega después de unos días a la playa.

Engancha desde la primera página.

 

jueves, 2 de junio de 2022

rendimiento académicos de estudiantes con discapacidad.

 

Los universitarios con discapacidad obtienen notas similares a las del resto, pese a que sus necesidades “se desatienden con frecuencia”

Temática: Solidaridad

Los universitarios con discapacidad obtienen resultados académicos similares a las del resto de estudiantes, pese a que el profesorado no siempre reconoce sus necesidades educativas especiales, “que con frecuencia se desatienden”, tal y como pone de manifiesto un estudio elaborado por Fundación ONCE y presentado en Madrid, el pasado 5 de mayo. Cuenta con el apoyo del Fondo Social Europeo. 

Titulado ‘El rendimiento académico de los estudiantes universitarios con discapacidad en España’el trabajo se dio a conocer en una jornada que contó con la presencia de Alejandro Albillo, director del Gabinete del secretario general de Universidades; Isabel Martínez Lozano, directora de Programas con Universidades y Promoción del Talento Joven de Fundación ONCE, Angela Alcalá, responsable del grupo de diversidad en CRUE Asuntos Estudiantiles, y Luis Cayo Pérez Bueno, presidente del CERMI.

Como indica su título, el estudio pretende medir el rendimiento de los estudiantes con discapacidad y compararlo con el del resto del alumnado de enseñanzas superiores para mejorar el conocimiento de las causas y factores que influyen en los resultados educativos de los universitarios con discapacidad. 

Según explicaron en la jornada Antonio Jiménez Lara, director del trabajo, y Agustín Huete, autor y profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca, para su elaboración, se han analizado los datos de rendimiento académico de estudiantes con discapacidad proporcionados por 21 universidades públicas, que agrupan al 48,4% del alumnado universitario matriculado en programas de grado, máster y doctorado el curso académico 2018-19 en el conjunto del sistema universitario español.

Además, se ha hecho una revisión bibliográfica internacional sobre el rendimiento académico de estos estudiantes que recoge las metodologías existentes para medir el aprovechamiento académico y analiza las barreras y aspectos facilitadores para mejorarlo.

En concreto, los datos dados por las 21 universidades públicas que han facilitado información se refieren a un total de 14.828 estudiantes con discapacidad matriculados en el curso 2018-2019.  De ellos, 13.144 cursaban estudios de grado; 1.281, de máster, y 403, estudios de doctorado. En total, todos suponían el 2,01% del alumnado de las universidades informantes.

Por niveles de estudios, la proporción de los alumnos con discapacidad en las universidades informantes es de 2,06% en programas de grado, 1,85% en estudios de máster y 1,30% en doctorados. En cuanto al género, el 52,1% de los estudiantes con discapacidad que componen la muestra son hombres y el 47,9% mujeres, si bien la proporción que suponen los chicos aumenta con el nivel de estudios.

Tasa de éxito

El trabajo distingue entre tasa de éxito (relación porcentual entre el número de créditos superados durante un curso académico y el número total de créditos presentados a examen en dicho curso), tasas de rendimiento (relación porcentual entre el número de créditos superados y el número de créditos en los que los estudiantes han estado matriculados) y tasas de evaluación (relación porcentual entre el número de créditos presentados a examen y el número de créditos matriculados).

Y en función de esta distinción, concluye que los universitarios con discapacidad matriculados tanto en estudios de grado como en máster durante el curso 2018-2019 obtienen resultados bastante cercanos a los de la población universitaria general en lo que se refiere a la tasa de éxito, pero no tanto a las de rendimiento y evaluación, donde sus puntuaciones son un poco más bajas.

Esto significa, según explicaron los autores, que una vez tomada la decisión de presentarse a evaluación de asignaturas, los resultados académicos obtenidos por el alumnado con discapacidad son equiparables a los de la población universitaria general. Así, si la tasa de éxito de los universitarios con discapacidad es de 81,2 en los estudios de grado, la de los alumnos sin discapacidad de los mismos programas se sitúa en 86,7. En el caso de los estudios de máster, la puntuación es de 97,1 y 98,1, respectivamente.

A este respecto, los autores del trabajo señalan que la flexibilización de los tiempos y las metodologías docentes parecen una estrategia clave, “en un contexto en que las universidades son muy poco flexibles con los planes de estudios, y el profesorado no siempre reconoce las necesidades educativas especiales, que con frecuencia se desatienden”.

Unido a esto, el estudio pide a las universidades que incluyan en sus estrategias de orientación y captación de alumnado acciones para promover el acceso de los estudiantes con discapacidad a la educación superior, ya que su presencia en este ámbito es todavía baja, y que cuenten con pruebas de acceso adaptadas a sus necesidades, además de un sistema de becas menos complejo.

Y si baja es la presencia de estudiantes con discapacidad en la universidad en general, baja lo es, sobre todo, en las aulas presenciales, donde los autores la consideran “claramente inferior a lo esperable”. Desde esta perspectiva, consideran que existe “un reto importante en el acceso de las personas con discapacidad a la formación en universidades presenciales, que debe ser enfrentado”.

Otro aspecto que arroja el documento es que la distribución por edad del alumnado universitario con discapacidad es muy diferente de la del conjunto de estudiantes matriculados en programas de grado y máster en las universidades públicas españolas. Su media de edad es considerablemente mayor, 31 años en grado y 37 en máster, frente a 22 y 28 años, respectivamente, para el conjunto de los estudiantes. También presenta, al igual que la de los estudiantes en general, diferencias según el sexo (con una estructura por edades algo más rejuvenecida en las mujeres) y la presencialidad de las universidades (con un alumnado bastante más envejecido en la UNED).

La mayor edad media de los estudiantes con discapacidad matriculados se debe, por una parte, a que han ingresado más tarde al sistema universitario (con una media de 24 años, cuando la edad promedio de ingreso a la universidad para el conjunto del estudiantado es de 20 años), y por otra a que invierten más tiempo que el conjunto de los estudiantes en completar sus titulaciones, pues una de las estrategias que siguen para adecuar la carga docente a sus necesidades específicas es la de prolongar la duración de sus estudios.

Pese al análisis que se hace en este trabajo, Fundación ONCE considera que para poder disponer de todos los indicadores relevantes sobre el rendimiento académico del alumnado universitario con discapacidad, “es indispensable que se incorpore a las estadísticas del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIU) la variable discapacidad”.

En la misma línea, la entidad aboga por incorporar además en el SIU información, codificada uniformemente, sobre el tipo y grado de discapacidad y, en la medida en que sea posible, sobre la atención recibida por los servicios de apoyo al alumnado con discapacidad. “De otro modo”, advierte, “resultará muy difícil disponer de diagnósticos que permitan analizar la situación de las personas con discapacidad ante la educación universitaria y disponer de evidencias que ayuden a la formulación y aplicación de políticas públicas eficaces dirigidas a mejorar la atención educativa al alumnado universitario con discapacidad y a hacer que las universidades españolas y sus planes de estudio sean más accesibles para el alumnado con discapacidad”.

REDES SOCIALES

 

 

sábado, 2 de abril de 2022

El poder del punto y de la coma en nuestra historia.

Lenguaje y verdad: el poder del punto y de la coma en nuestra historia.

Autora: Milena Heinrich.

 

 

Una coma, un signo de pregunta o un punto pueden cambiar por completo el sentido de una oración y por lo tanto nuestra comunicación: en esas marcas hay un largo pasado hasta convertirse en lo que son hoy, un sistema escueto pero decisivo de convenciones que aportan precisión, lírica y expresividad al lenguaje escrito, y que aún en su coherencia no están exentas de los cambios de comportamiento que motorizan usos y desusos, tal como sostiene el noruego Bård Borch Michalsen en el ensayo Cómo la puntuación cambió la historia.

 

 

 

A Bård Borch Michalsen ―académico especializado en lenguaje y cultura― le gusta jugar con las palabras, cambiar las letras, incorporar emoticones, desplazar marcas de puntuación. Sabe que un cambio de lugar o un signo altera el tono y transforma el significado de lo que se quiere decir porque en esos gestos está la diferencia: aclimatan la lectura e inclinan el tono y los tiempos del texto, e incluso guían la voz propia. Y por eso, atento a que es no es lo mismo la afirmación exclamativa "¡cómo la puntuación cambió la historia!" que la pregunta "¿cómo la puntuación cambió la historia?", su primer libro traducido al castellano por Christian Kupchik se titula así, un poco en el medio de ambos sentidos y se desliza en clave más procesual: "Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia".

 

¿Cómo pasamos de "escribirtodojunto" a "escribir todo junto"? El camino, como hilvana este libro, está plagado de ensayos, simultaneidades, búsquedas, avances tecnológicos y, también, de magia que escarba en las posibilidades del lenguaje para imprimirle muchos más colores. Michalsen define a la puntuación como una "de las cosas más espléndidas que produjo nuestra civilización". La presencia de estos signos facilitó la comunicación, le dio agilidad al lenguaje y la expandió a tal punto que hoy un "hola" con punto en un mensaje de WhatsApp no tiene la misma vitalidad que un signo de exclamación para decir "hola!", lo mismo escribir en mayúscula o imprenta.

 

En este trabajo publicado por Godot, el investigador narra un recorrido fascinante sobre los modos en que la puntuación fue ensayando marcas en dos mil años de historia y fue arcillando también un sistema coherente que otorgó mucha amplitud a los modos de decir en los distintos alfabetos, pero más amplitud tomó como fuerza motora del desarrollo de las sociedades. "Los signos de puntuación no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental", escribe el autor en las primeras páginas.

 

Como un gran estado del arte de la puntuación, que se trenza con la historia de la escritura, la tipografía o la impresión y los buenos o correctos usos de algunos signos, el ensayo también explora por ejemplo la forma en que la puntuación atraviesa el cuerpo. ¿Cómo es que de pronto actuamos como signos vivientes de exclamación, como se lee en el libro? La puntuación, como sistema dentro de la escritura, se funde con la materia y con la cabeza; nos guía como una voz interna y nos detiene con su condición externa. "Cuando hablamos no tenemos la puntuación, pero tenemos la voz y el lenguaje corporal! Y al revés: cuando escribimos, la puntuación expresa de algunas maneras el lenguaje corporal, la voz (y el silencio)!", dice Michalsen.

 

Un viaje de estudio

 

Esa historia lo llevó en un viaje de estudio que se remonta a la Antigüedad y a la clásica Alejandría, la gran capital intelectual de la época. Allí el autor encuentra al "héroe", Aristófanes de Bizancio, que legó aportes al sistema de puntuación en el idioma griego, de quien heredamos su cadencia y la coma. Desde luego, el lenguaje está atravesado por la historia y sus relaciones de poder, y el sistema que diseñó Aristófanes quedó en el olvido aunque la necesidad de separar espacios o poner acentos fue heredada al poco tiempo. Otro de los héroes que vendrían después, en el Renacimiento, sería Aldo Manuzio, veneciano, que como gran hombre influyente de su tiempo modernizó y habilitó una relación más amplia e individual con los libros, es decir, con el pensamiento, la escritura y la puntuación, en tiempos donde la imprenta como tecnología se agitaba pujante y prometedora.

 

Otro de los aspectos que destaca el autor noruego es que cuando se empezaron a publicar textos, gracias a la maquinaria de la imprenta, y se socializó su acceso, también se puso en jaque el monopolio de la interpretación. ¿Con la puntuación ocurrió algo similar, en tanto que su carácter civilizatorio lo dota también de un aspecto más democrático al poder incluir mayor cantidad de personas? Para Michalsen sí: "la puntuación posibilitó la escritura y la lectura para más personas". Sin embargo, que esta afirmación no simplifique las cosas porque, como refleja el autor, a la puntuación en tanto poderosa caja de expresión también la atraviesan relaciones de poder.